Lorena solo había lanzado aquella acusación porque una de las trabajadoras de la casa se lo había informado, pero no estaba segura, solo era algo que había dicho sin pensar; la confirmación y reacción de Esteban la dejó en shock.
—Lorena… Conoces a Marina; ella no está bien de salud. Fui porque me preocupé por ella, le exigí que regresara a casa; si algo le sucede, ¿a quién crees que van a culpar? ¡Ella aún no acepta que nuestro matrimonio terminó!
—¡Ajá! ¿Y por qué demonios te quedaste todo un maldito día ahí?
—Tal como sabes, Ángel ya tomó posesión de la dirección del grupo Montemayor; él puede hacer uso de cualquier propiedad de los Montemayor. Él usó el avión privado y no tuve más opción que viajar en un avión comercial; como podrás darte cuenta, ellos no están a mi disposición.
—¡MIENTES! ¡LO VEO EN TU PUTA CARA! ¡Hasta aquí puedo oler el maldito aroma de su perfume! ¿Te acostaste con ella? ¡Dime! ¿Te acostaste con ella? —reclamó Lorena, sintiendo un mar de celos invadirla.
La sola idea de que Esteban estuviera flaqueando y le pudiese dar una oportunidad a su matrimonio roto la estaba volviendo loca.
—¡Lorena! ¿Qué demonios te pasa? De cualquier manera, te recuerdo una cosa: ella era mi esposa hasta hace 3 días; cuando tú y yo nos veíamos en Nueva York, ella era mi esposa, yo era quien la engañaba contigo, así que no te queda para nada ponerte a tratar de parecer la digna e indignada.
Lorena abrió los ojos de sobremanera y se lanzó hacia él.
—¡TÚ! ¡TÚ! ¡MALDITO INFELIZ! ¿Por qué me sales con esto? Todo ese maldito tiempo no te vi quejándote; al contrario, tú te veías muy a gusto con nuestra situación. -recordó aquella mujer, provocando cierta incomodidad en Esteban.
Lorena no podía creer lo que estaba escuchando, no sabía qué estaba pasando, pero al ver la seriedad en el rostro de Esteban, supo que no se arrepentía de aquellas palabras.
En ese momento, por dentro se repitió que debía calmarse; era evidente que este hombre estaba comenzando a flaquear, eso era muy seguro.
—¡Esteban…! —pronunció Lorena bajando el tono de su voz, tal como si de una súplica se tratase.
—¿Qué, Lorena? ¿Qué? ¿Acaso no lo ves? Aún no nos hemos cansado y ya me estás haciendo dramas.
Entiende una maldita cosa, una nada más… Marina, para tu desgracia y la mía, siempre será parte de mi vida y, aunque te moleste, ella es y será la madre de mis hijas, por lo que te voy a pedir una cosa, una simple cosa: deja de meterle ideas a mi hija Renata sobre su madre. ¿Entendido?
—¡ESTEBAN! ¿De qué carajos estás hablando? ¡No tengo ni idea de lo que hablas! —dijo Lorena, sintiéndose por un momento expuesta.
Ahí fue donde recordó las palabras que le había lanzado a Marina, aquella vez que se encontraron en el baño.
—Pues yo sí, yo estoy muy seguro de lo que hablo, te conozco muy bien, Lorena, y sé cuándo mientes y cuándo no. ¿Por qué demonios tuviste que decirle a Marina lo que sucedió hace 9 años? ¿Te sientes orgullosa de jactarte de lo que ocurrió en ese entonces?


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