Florencia se despertó y se percató de la ausencia de su esposo; aquello, no le sorprendió en lo absoluto. Esta no era la primera vez que sucedía, a lo largo de sus poco más de 34 años de casada con Dante, Montemayor le había ido proporcionando la experiencia para saber de qué se trataba.
Sabía que, tan pronto bajara Mercedez, la vieja ama de llaves buscaría alguna excusa para cubrir la falta del señor de la casa.
Florencia, por su lado, desde hace muchos años, había aprendido a no pedir explicaciones, solo se limitaba a escuchar y asentir. Dante Montemayor siempre le había dejado claro por qué se había casado, así que, ¿qué más podía hacer?
Tal como siempre, se aseó y bajó a desayunar, haciendo a un lado la terrible sensación que la embargaba. Tenía claro que lo haría sola, así que se le ocurrió que sería más refrescante si no lo hacía dentro y lo hacía en el jardín.
—¡Señora! ¡Buenos días! —dijo Mercedez al ver a Florencia entrar a la cocina. —Permítame un momento, le sirvo el desayuno.
—¡Buenos días, a ti, Mercedez! ¿Cómo estás? —preguntó Florencia en completa calma.
—Bien, señora, ya sabe con los achaques de la edad.
—Hmm… Ya te he dicho que no debes levantarte tan temprano, para eso están las otras chicas.
—¡Ay, señora! Para eso me paga, además, estoy más tranquila cuando vigilo que todo se haga como a usted y al señor les gusta. No me gusta que la regañe el señor por nuestra culpa.
—Hmm… Hoy no está… Acompáñame a desayunar al jardín.
—El señor habló temprano, dijo que llegaría hasta mañana por la tarde, al parecer tuvo una visita muy importante en la compañía.
—¡Gracias por avisar, Mercedez!
—No hay de qué, señora. Entonces, ¿le llevo el desayuno al jardín?
—Sí, por favor… Es más, dame algunas cosas, te ayudo y desayunamos más rápido. Tengo ganas de que me chismees qué ha sucedido en el pueblo.
—¡Ay, señora! El pueblo sigue casi igual, nosotras somos las que ya nos hicimos cada año más viejas. —dijo Mercedez con nostalgia.
—¡Tienes mucha razón, Merchi!
—¡Uy! Ya tenía mucho tiempo que no me decía así…
—Tú misma lo has dicho, Merchi, hoy no está el señor.
—¡Ay, señora! ¿Le puedo hacer una pregunta?
—Dime…
Mercedes caminó junto a Florencia para llegar a la mesa en el jardín, ya estando en la privacidad que aquel lugar les proporcionaba, dijo:
—¿Por qué sigue al lado del señor?
—¿Cómo?
—Sí, he estado con ustedes desde que era una chamaca, en todo aquel tiempo, jamás he visto que el señor la trate con cariño, claro, a menos que haya una fiesta. —dijo Mercedez con total naturalidad.
Casi de inmediato se arrepintió de sus palabras al ver un cambio en el semblante de su jefa.
—¡Perdóneme! ¡Me pasé de la raya! ¡Perdóneme! ¡No fue mi intención!
—Merchi… No tienes nada de qué pedirme perdón, tienes dos ojos y lo que sucede aquí, no es un secreto. En esta enorme casa, no hay nadie que no sepa que mi marido nunca me ha amado, si nos casamos, fue por…
—¡En eso tienes razón! —dijo Florencia, pensando en que salir de aquellos enormes muros le vendría muy bien.
Florencia nunca lo expresaba, nunca se lo decía a nadie, pero aquella enorme y majestuosa mansión, parecía más bien una cárcel, una a la que había llegado desde hacía más de 30 años y de la que suponía, solo saldría con los pies por delante.
El mes y medio que estuvo Marina en el hospital, ella se ofreció a cuidar de sus nietas, lo cual, para ella, fue como tomar un largo respiro de la imponente y opresiva presencia de su marido.
Ahora que su nuera había regresado a casa, Dante le había prohibido ir a visitarla, más cuando ninguno de los dos mostraba ser consciente de las repercusiones que causarían con su separación y se la pasaban de escándalo en escándalo.
Florencia no decía nada, pero sentía que debía estar con sus nietas. Desafortunadamente, su primogénito, había venido a poner en una lamentable situación a sus pequeñas nietas, las cuales, consideraba que eran demasiado jóvenes para vivir la separación de sus padres.
Ella jamás había estado de acuerdo con el matrimonio de Esteban con Marina, que apenas y tenía 18 años.
Al verla, sintió como si la historia de su vida se repitiese, solo que, en ese entonces, ella tenía 16 años cuando recién había llegado al pueblo, donde conoció al atractivo primogénito de Evaristo Montemayor, su nombre era Dante, Dante Montemayor. En ese entonces, hasta su nombre le sonaba bello y atractivo.
Florencia no hablaba mucho de su pasado, pero tenía todos los recuerdos bien frescos.
Ella no se casó por amor, ella se casó por ingenua, por tonta, por mensa, por creer que un hombre tan bello como aquel, no podía ser malo; además de que, sus padres no le iban a permitir traer al mundo a un hijo fuera del matrimonio.
Por lo que, una vez que su padre se enteró de que estaba embarazada, se plantó en casa de los Montemayor y reclamó para que el primogénito de Evaristo se hiciera responsable y, queriendo o no, así lo hizo. De aquel doloroso e incómodo momento, ya habían pasado poco más de 34 años.
—Merchi… ¡Gracias por acompañarme a desayunar! ¿Sabes qué? Voy a tomarte la palabra y aprovecharé para ir a visitar a mis nietas, estoy completamente segura de que Dante, no regresará hasta mañana domingo.
—¡Ande! ¡Vaya! Me saluda a la niña Marina.
—¡Claro! Yo le paso tus saludos…

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