Tras pasar a poner en su lugar a su madre y hermana mayor, Marina subió a su habitación y se acostó a llorar. Este día estaba resultando demasiado largo y doloroso; incluso podría decir que más, comparado con el día que se divorció.
—¿Mami? ¿Mami? ¿Estás bien? —dijo Diana entrando a hurtadillas a la habitación de su madre.
—¡Cariño! —Marina limpió rápidamente sus lágrimas. —¿Sucede algo?
—Ya no llores, no me gusta verte llorar, Renata va a volver a casa, es solo que ayer se asustó mucho y dijo que ya no quiere hacerte enojar. —dijo Diana intentando consolar a su madre.
—Mi cielo, ustedes jamás podrían hacerme enojar, es solo que…
—¿Es por esa señora? ¿verdad? A mí nunca me ha caído bien, no me agrada, es una mujer muy falsa. —dijo Diana con evidente frustración.
—¿Por qué no te agrada mi vida? —preguntó Marina intrigada.
—Ella nos trata bien porque papá está con ella, pero cuando papá no la ve, a mí me hace caras; eso no es de una buena persona, ¿o sí?
—¡No, cariño! No lo es; además, escúchame bien, mi cielo, jamás, óyelo bien, jamás dejes que alguien te obligue a querer o aceptar a alguien, simplemente puedes ser respetuosa, pero nada más. Sí, mi cielo?
—¡Sí, mami!
—Ahora ven conmigo, métete a la cama. ¿Quisieras dormir conmigo?
—¡Sí! ¡Sí! ¡Me gusta dormir contigo! Aunque a papá no le gustaba que entráramos con ustedes por la mañana. Eso es algo que no extraño de él…
—¡Tu papá las ama! Eso nunca lo dudes.
—¡Lo sé, mami! Es solo que en ocasiones siento que quiere más a mi hermana. Mira, ahora, solo se llevó a mi hermana, nunca me preguntó a mí.
Al escuchar aquellas palabras, Marina sintió que el pecho le dolió, pues estaba claro que conocía el sentimiento que su hija le estaba transmitiendo en ese momento.
—Cariño, ¿tú querías irte con tu papá? —preguntó Marina intrigada.
—¡No! Pero me hubiera gustado que me preguntara también. Yo sabía que no lo haría; él siempre prefiere a Renata; para él, ella es mucho más inteligente y yo, yo no soy igual a ella.
—Cariño, tu papá no lo hace con mala intención. Él las ama a las dos, es solo que en ocasiones nos debemos repartir a las hijas, no porque no queramos ser papá o mamá de alguna, es solamente que ambas tienen necesidades y aún no crean a los papás y mamás con cuatro manos.
—¡Eso sería imposible!
—¡Quién sabe! ¿Qué tal si algún día evolucionamos? —dijo Marina juguetonamente.
—¡Mami!
—¡Ven acá, cariño! Yo no sé qué sería de mi vida sin ti… Creo que me volvería loca si tú me faltaras.
—Hmm… Yo siempre voy a estar contigo, mami.
—¡Lo sé, cariño! ¡Lo sé!
Luego de pasar un rato retozando en la cama, Diana finalmente se quedó dormida, mientras que Marina aún tardó un poco más para hacerlo. Justo en el momento en que sus ojos comenzaron a cerrarse, la puerta se abrió y Ofelia entró a la habitación.
—Señora, tiene visitas… —susurró Ofelia.
—¿Qui… ¿Quién, Ofe? Te dije que no dejaras pasar a nadie; hoy no estoy para visitas. —dijo Marian somnolienta.
—Señora, creo que esta sí la va a querer recibir…
—¿Cómo?
—Salga, baje y verá…
—Dame unos minutos, me levanto y arropo a Diana.
Marina se había quitado la ropa y se había puesto una cómoda bata de pijama; solo se puso un suéter y salió de la habitación. No sabía quién podría venir a visitarla, pero esperaba que la visita fuera breve; no tenía ánimos de atender a nadie ese día.
—Ofe… ¿Dónde está la… —Intento preguntar, Marina, pero fue interrumpida por una voz gruesa y ronca que ya le resultaba muy conocida.
—¿Visita?
—Efraín, ¿qué… ¿Qué haces aquí? —preguntó la joven nerviosa.
—Lamento llegar tarde, tuve un día verdaderamente complicado. Cuando hablé al hospital, me topé con la sorpresa de que ya te habían dado de alta y Esteban Montemayor, tu marido, había ido a recogerte, por lo cual esperé hasta estas horas para buscarte.



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