A la mañana siguiente, Marina se despertaba para comenzar su día; al verificar la hora en su móvil, se percató de que tenía un mensaje de Efraín.
—“¡Hola hermosa! Espero que te encuentres mucho más descansada el día de hoy. Recuerda tomar tus medicamentos y no olvides que nos vemos hoy.”
Marina, al ver aquel mensaje, sintió una punzada en la panza; apenas comenzaba el día y su vida ya recibía la primera embestida. Era claro que no se trataba de nada malo, pero se sentía como cuando tenía 16 años y ya había dicho sí a alguna salida con amigas sin pedir permiso.
No era que tuviese que pedir permiso, pero, ¿Cómo podía salir si en realidad ella era mujer cas… ¡Divorciada! ¡Divorciada!? Se autocorrigió mentalmente, pero aun así, ¿Cómo podría hacer como si fuese una chica libre si tenía responsabilidades y obligaciones? ¡No! ¡No! Definitivamente, le respondería que no podía salir y que sería mejor que lo dejaran para después.
En la mente de Marina estaba que, ¿cómo podía querer salir con Efraín? Si tenía a su hija, tenía deberes… No era tan sencillo como parecía que debía ser.
Tras dudar en qué responder, simplemente salió de la aplicación de mensajes e inmediatamente comenzó a despertar a su pequeña, la cual casi lo hizo de inmediato.
Diana era una niña muy tranquila y obediente; incluso al levantarse para ir al colegio, ella resultaba ser más fácil de manejar. En cambio, Renata, ella sí que podía convertirse en un problema.
Por un momento sonrió con picardía, recordando lo difícil que resultaba la tarea de hacer que Renata fuera al colegio de buena manera; se imaginó en la difícil posición en la que su hija pondría de ahora en adelante a su exmarido. Solo esperaba que este no perdiera los estribos y la fuese a regañar.
—¡Mami! ¿Ya es hora de ir al colegio?
—Sí, cariño, anda, levántate y ve a tomar un baño, te veo en la cocina para desayunar, ¿ok?
—¡Sí, mami! ¿Tú cómo estás? No deberías estar de pie ahora, deberías estar recostada; anda, acuéstate. —dijo la niña jalando a su madre hacia la cama.
—¡Cariño! Me siento estupendamente bien porque tú dormiste conmigo, mi pequeña bebé.
—¡Mami! ¡Ya no soy una bebé, soy una niña grande! ¿Recuerdas que ya voy a cumplir 10 años?
—Para mí, tú y tu hermana siempre van a ser mis bebes.
—¿Y si algún día tienes otro bebé? Yo digo que ya no seremos tus bebes.
Marina se quedó mirando a su hija; era claro que no tendría más hijos, ¿Cómo podría? Hoy día era una mujer divorciada; ¿quién se fijaría en ella? Su vida era un caos, apenas podía consigo misma, ¿cómo podría siquiera pensar en un bebé?
—¡Cariño! ¿Qué cosas dices? ¡Tú y Renata siempre van a ser mis bebes! Si algún día, muy, pero muy lejano, tuviera un bebé, aun así, seguirían siendo mis bebés, ¿entendiste?
—Hmm… yo digo que no, porque ahora el nuevo bebé sería el nuevo bebé.
Marina sonrió ante la lógica de su hija, que no tenía fallas, pero que para ella no era tan lógica.
—¡Anda, cariño! Ve a tu alcoba y aseate; te veo en la cocina, ¿ok?
—Ok, mami…
Luego de ver cómo su hija iba dando brincos de alegría, tomó asiento en la banquita frente al espejo, comenzó a cepillar su cabello y miró su rostro.
Por un momento se quedó mirando; su rostro no lucía como antes, pero tampoco era como hoy. Había algo diferente en su mirada, en su sonrisa; mas cuando abría el mensaje que Efraín le había enviado, al levantar la vista y verse sonriendo como tonta en el espejo, se asustó.
—¡Marina! ¿En qué cosas andas pensando? Ya bastantes problemas tienes ahora como para pensar en bebés. —Se regañó en voz alta al imaginarse las palabras que su hija había lanzado hace apenas unos minutos.
Luego de asearse, Marina bajó a la cocina y ahí encontró a Ofelia poniéndole agua a un bello ramo de flores bastante comunes, pero que a sus ojos lucían encantadoras.
—Ofelia, qué lindas flores, ¿dónde las compraste? A estas horas no venden estas preciosidades.
—Hmm… No son mías, yo no las compré, pero supongo que si usted toma la tarjeta que está dentro, seguramente sabrá para quién son, ¿no lo cree?
Marina puso una cara de desconcierto.
—¿Cómo? ¿Qué quieres decir con eso?
—Señora, hace apenas unos minutos llegó un auto y trajo estas bellas flores. Yo solo las recibí con gusto. —dijo Ofelia poniendo frente a Marina el bello ramo de astromelias, rosas y Lisianthus color rosa que había llegado. —Mire, ahí está la notita; yo que usted las abro y veo qué dice el señor Forcelledo.
—¡OFELIA! —dijo Marina nerviosa y sorprendida.
—¿Qué? ¿Acaso no sabe quién se las pudo haber mandado? —dijo Ofelia en tono cómplice.
—Ya te dije que entre Efraín y yo no hay nada; bueno, sí, él es un muy buen amigo mio de la infancia. —dijo Marina tomando el sobrecito que contenía una nota.
—Hmm… Para ser un simple amigo, se toma muchas molestias, ¿no lo cree?



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