Efraín miraba a través del ventanal; en su juventud jamás se vio sentado en aquella silla tan codiciada por su primo. Él, cuando fue enviado a Nueva York por parte de su tío, jamás hubiera imaginado que ese mismo hombre sería quien lo colocaría en ese lugar.
—¿Ya estás listo? —preguntó Dante Montemayor mientras caminaba con taza de café en mano.
—¿Honestamente?
—Dime…
—No, jamás me vi tomando el lugar de mi primo. —respondió el joven con calma.
—Pues nunca digas nunca. Solo te voy a pedir una cosa…
—Dígame…
—No me decepciones, tú me conoces muy bien y sabes que hay muchas cosas que puedo perdonar, pero la traición y el incumplimiento de mis decisiones no son de ellas.
—No tiene que decirlo dos veces, sé lo que podría suceder, pero… Sí, por alguna razón, sucediera algo como lo que usted advierte, dígame, ¿qué haría? ¿Quién podría tomar mi lugar?
—¿A dónde va tu pregunta?
—Solo por conversar…
—Hmm… Debo ser honesto contigo, Ángel: si tú me fallas, tendría que recurrir a medidas poco ortodoxas para poner en orden este lugar.
Efraín sabía bien a qué se refería, pero no lo mencionaba, pues, a pesar de que a su madre la había enviado a Nueva York, Lucrecia era la máxima confidente de Dante; por ende, había dos o tres cosas que él ya sabía de su tío y que solo usaría cuando considerara pertinentes.
—Como le dije, no soy muy afín a este tipo de trabajos, solo estaré como máximo medio año, así que, supongo que para ese entonces, Esteban ya debería haber puesto su vida en orden, ¿no lo cree?
—Esteban tiene la vida hecha un mierdero, ¿crees que medio año será suficiente?
—No lo sé y tampoco me preocupa mucho, él pierde más que yo. —Por cierto, ahora que he regresado a México, me quedé pensando que no he tenido oportunidad de visitar a mi tía Florencia. ¿Cómo está ella? —preguntó Efraín, sabiendo lo que causaría con aquella pregunta.
—Tu tía no está en la ciudad, se fue al pueblo.
—¡Vaya! ¡Qué raro! Ayer hablé con Sofí y no me comentó nada.
—Se fue apenas hoy por la mañana…
—Ya veo, espero que pronto regrese; quisiera pasar a visitarla. Recuerdo que ella cocinaba unos deliciosos postres.
Cada palabra que Efraín mencionaba iba con una doble intención; estaba claro que Dante no diría ni una sola palabra de lo que sucedía y, otra, quería averiguar si en su lista de posibles candidatos a ayudar a su mujer no se encontraba él y, por lo visto, no, él no se encontraba ahí.
—Tan pronto regrese del pueblo, le diré que te venga a visitar.
—Hasta donde yo sé, los hombres no tenemos fecha de caducidad; incluso usted, si ahora decidiera separarse de mi encantadora tía y se consiguiera una jovencita, bien podría seguir teniendo hijos y no sucedería nada, ¿no lo cree?
—Hmm… Puede que tengas razón, pero ya no estoy para eso; no me veo criando hijos a mi edad.
—Tal vez cuando llegue a su edad, decida conseguirme una chamaca de 20 años y tener hijos. Por el momento, lo único que me preocupa soy yo y de vez en cuando mi madre, la cual es terca y necia como solo ella sabe serlo.
—Esos son sus mayores defectos… Por eso tu padre la dejó.
Aquel comentario tenía una doble intención, pero para Efraín, las palabras de su tío simplemente ya no tenían algún efecto negativo.
—Tal vez, aunque ahora es una mujer libre y mi padre, bueno, hizo su vida nuevamente y seguro debe ser muy feliz siendo el padre que no supo ser conmigo, ¿no lo cree?
—Creo que lo juzgas muy duramente.
—Yo no lo creo, pero en fin, vamos a la junta que ya está por comenzar.
Sobrino y tío salieron de la oficina principal a la sala de juntas donde se haría la presentación oficial. Al llegar al lugar, la amplia mesa de la sala de juntas ya estaba llena de cada uno de los directores y gerentes del grupo Montemayor.
Efraín recorrió el lugar con la mirada; sus ojos se toparon con los ojos de la única persona que ahí le interesaba. Esteban y Efraín se dirigieron la mirada; ninguno de los dos titubeó. Efraín sonrió complacido ante la ridícula situación y la gran satisfacción que le provocaba ver a su primo en aquel lugar por debajo de él.
—Esteban Montemayor, esto solo es el inicio de todo lo que vendrá para ti y tu padre. Tú solito te has puesto en bandeja de plata para mí; por nueve años esperé este momento y tú mismo fuiste quien se puso en tan maravilloso lugar” —se dijo mentalmente.

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