El ruido de sus tacones resonó con fuerza en el piso. El ambiente festivo se apagó de golpe.
Estaban jugando a la gallinita ciega. El que traía los ojos vendados era Cristóbal; si atrapaba a alguien, esa persona tendría que cumplirle un deseo.
Él era el cumpleañero, él ponía las reglas.
—¿Eh? ¿Por qué se quedaron callados? Ustedes, bola de cabrones, me han estado distrayendo, pero van a ver cuando los agarre, me las van a pagar muy caro —dijo Cristóbal con la venda en los ojos.
Al notar el repentino silencio, esbozó una sonrisa de oreja a oreja y agitó el globo en forma de bate que tenía en la mano al azar.
De repente, le dio a alguien.
—¡Te atrapé!
Cristóbal estiró los brazos y agarró a la persona por el brazo.
Se quitó la venda de los ojos mientras seguía riendo.
—A ver, déjame pensar qué te voy a pedir que me regales, yo...
Pero se quedó mudo a mitad de la frase al ver de quién se trataba.
—Jose... Josefina...
Aún la sostenía del brazo.
Pero la soltó como si le hubiera dado toques.
—¿A qué hora llegaste? ¡Qué mala onda son todos! ¿Por qué nadie me avisó para salir a recibirte?
Josefina lo miró con indiferencia.
—Antes, para tu cumpleaños, yo siempre te compraba un regalo y tú me invitabas con anticipación. ¿Qué pasó este año?
Cristóbal esquivó la mirada y tartamudeó:
—Yo... yo te iba a marcar, pero Benjamín me dijo que estabas lastimada y descansando en casa. Que mejor no te molestara...
—Ya veo.
Josefina asintió lentamente. Paseó la mirada por todos los presentes y preguntó:
—¿Dónde está Benjamín?
Cristóbal echó un vistazo rápido y se rascó la cabeza, confundido.
—Ahorita andaba por aquí. Oigan, ¿alguien sabe adónde fue Benjamín?
Una muchacha señaló hacia afuera.
—Creo que Benjamín salió al jardín.


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