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La Noche que Dejé de Esperarte romance Capítulo 27

Benjamín frunció sus cejas tupidas.

—Están llamando de la casa. —Contestó la llamada—. ¿Bueno?

Se escuchó la voz ansiosa del mayordomo:

—¡Señor Benjamín, tiene que venir rápido al hospital! ¡La señora acaba de perder el conocimiento!

La expresión de Benjamín se volvió seria de inmediato.

—Está bien, voy para allá.

Josefina apretó los dientes.

—¡Eres un mentiroso!

—Mi abuela se desmayó y está en el hospital —dijo el hombre, mirándola con mucha seriedad—. Tenemos que ir.

Josefina apartó la mirada.

—No pienso ir. ¿Qué tiene que ver conmigo?

—Jose... —El tono de Benjamín se volvió un poco más severo—. Aún no nos hemos divorciado y ella sigue siendo nuestra abuela.

El ambiente dentro del coche se volvió frío y tenso por un momento.

Josefina se quedó callada.

Benjamín no esperó más; arrancó el coche y aceleró rumbo al hospital.

El olor a desinfectante impregnaba el pasillo. En la puerta de la sala de urgencias los esperaba el mayordomo de la familia Gutiérrez.

—¡Señor Benjamín, qué bueno que llegó! Casi me da un infarto del susto —dijo el mayordomo, temblando al verlo—. La señora estaba caminando por el jardín para bajar la comida cuando de repente se desmayó. Ya llamé al señor Vicente y a su esposa, pero tardarán al menos tres días en regresar.

El rostro de Benjamín estaba tenso.

—¿Qué han dicho los médicos?

El mayordomo negó con la cabeza.

—Aún nada, siguen atendiéndola en urgencias.

—Entiendo.

Benjamín asintió y sacó su celular para exigir que el mejor especialista del hospital se hiciera cargo de la operación de su abuela.

A poca distancia, Josefina esperaba con una expresión fría en su rostro, mirando fijamente la punta de sus zapatos.

Afortunadamente, lograron estabilizar a Helena; había sufrido un infarto cerebral agudo y ahora descansaba, muy débil, en la cama del hospital.

—Jose, estás malinterpretando las cosas. La abuela confundió a Benjamín con Diego.

—Ah... —Josefina asintió lentamente—. La abuela está enferma y confundida, ¿pero tú también? ¿Y tú no podías apartarte?

Magdalena se quedó paralizada. Luego, fingiendo estar al borde de las lágrimas, dijo en tono de queja:

—No quería decepcionar a la abuela. Acaba de despertar y no debe alterarse.

—Ni siquiera se le ha pasado el efecto de la anestesia, ¿de qué se va a enterar? —La voz de Josefina se volvió más fría—. ¿Tan difícil es admitir que ustedes dos tienen algo que ver? Tampoco es como si me opusiera a su relación.

Dio una sonrisa sarcástica.

—De no haber sido por el percance de la abuela, a estas alturas ya estaríamos divorciados.

—¡Ya basta! —La voz de Benjamín resonó cargada de furia reprimida.

Caminó a grandes zancadas hacia ella, y su imponente figura emitía un aura intimidante. Clavó sus oscuros ojos en ella.

—Deja de decir tantas tonterías. Ya que no quieres estar aquí, pediré que te lleven a casa.

En un arranque de furia, Josefina le arrojó toda el agua de la botella directamente en la cara.

—Tú me obligaste a venir, ¿y ahora te molesta que diga lo que pienso? Eres un imbécil, Benjamín.

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