Al escuchar eso, Andrés y Jimena se quedaron pasmados.
Andrés miró fijamente a Benjamín, su rostro ya oscurecido por la molestia.
—¿Qué quieres decir con eso?
Benjamín no había dejado de mirar el rostro golpeado de Josefina. En su mejilla ya se veía la clara marca de los dedos; un torbellino de emociones oscuras se arremolinaba en sus ojos y su tono se volvió más firme.
—Mi abuela necesita descansar bien.
Giró la cabeza y los miró con expresión profunda.
—Será mejor que se vayan.
¡Los estaba corriendo!
Se habían enterado de que Helena estaba en el hospital, habían venido a toda prisa, ¡y ahora los echaban!
La cara de Andrés se descompuso aún más. Dio un manotazo en el aire, soltó un bufido y se marchó directamente.
Jimena dio un paso adelante y miró a Josefina con compasión.
—Jose, busca un poco de hielo para la cara. Tu papá actuó cegado por el coraje; cuando se calme, seguro que se arrepentirá de haberte pegado.
Josefina mantenía la mirada baja, sus largas pestañas temblaron un poco y, cuando nadie se lo esperaba, corrió de repente hacia Magdalena y le acomodó una bofetada en la cara.
—¡Ah! —exclamó Magdalena, cubriéndose la mejilla.
—¡Mamá!
Alberto, al ver la escena, empezó a gritar y luego se abalanzó contra Josefina.
—¡Le pegaste a mi mamá! ¡Eres una mujer mala, eres una mala mujer!
Un niño de tres años no tenía mucha fuerza; el golpe ni siquiera le dolió a Josefina. Pero ella no quería que la tocara, así que, por instinto, dio un paso atrás.
Entonces, Alberto cayó al suelo y soltó un llanto a todo pulmón.
—¡Mala mujer! ¡Le pegaste a mi mamá, me pegaste a mí! ¡Mala mujer! —berreó entre sollozos.
Todo pasó tan rápido que, cuando reaccionaron, la habitación ya era un caos.
Jimena empujó de inmediato a Josefina, recriminándole:
—¿Qué te pasa? ¿Por qué le pegas a Magda?
—¿Por qué le pegaste?
Josefina se limpió la cara con la mano y le lanzó una mirada fulminante.
—¿Se te olvidó? Te lo advertí: cada día que pases sin firmarme el divorcio, buscaré la forma de hacerle la vida imposible cada vez que la vea.
Luego bajó la mirada hacia Alberto.
—Si sigues llorando, te voy a robar y haré que nunca más vuelvas a ver a tu mamá ni a tu tío.
Alberto soltó un llanto aún más fuerte.
—¡Llévensela a casa y enciérrenla en el cuarto viejo! —se escuchó el rugido de Andrés a lo lejos.
Los guardaespaldas se acercaron de inmediato para sujetar a Josefina.
Benjamín intentó detenerlos, pero Alberto se colgó de su cuello.
—Tío, no te vayas... no me dejes, no te vayas... —lloriqueó el niño.
Con los pasos entorpecidos, Benjamín no pudo evitar que se llevaran rápidamente a Josefina.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Noche que Dejé de Esperarte