—¿Qué te pasa? ¡Suéltame!
Josefina, alterada y asustada, se sacudió con fuerza, empujándole el pecho con ambas manos para evitar que se acercara más.
Benjamín desprendía un fuerte olor a alcohol. La inmovilizó por completo, inclinándose sobre ella hasta prensarla contra su cuerpo sin dejar un solo centímetro de espacio.
Su aliento ardiente chocaba contra el oído de ella.
—¿A quién fuiste a ver al Club Monte Claro?
Su voz era grave y ronca. Al sentir esa respiración tan cerca de su oído, un repentino escalofrío le recorrió todo el cuerpo.
—No sé de qué hablas, suéltame ya —balbuceó Josefina. La calidez de él era tanta que le hizo temblar la voz.
Le daba rabia reaccionar así.
Había tomado la firme decisión de olvidarlo, y ahí estaba, perdiendo la razón solo con sentir su presencia.
Sus cuerpos se conocían a la perfección.
Con un simple roce, despertaban los instintos más salvajes.
Era una atracción letal.
Y la peor adicción que le tocaba superar.
Precisamente por eso se resistía tanto a estar cerca de él.
Pero él no la soltó; al contrario, se pegó todavía más, rozándole la oreja con sus labios.
—Dime, Jose, ¿a quién fuiste a ver? ¿Por qué le sonreías así? ¿De qué platicaban que te veías tan feliz?
¡Josefina no tenía la menor idea de lo que él estaba insinuando!
¡Le reclamaba como si ella fuera la que le estuviera poniendo el cuerno!
¡Cuando el maldito infiel era él!
—No entiendo nada de lo que dices —dijo Josefina volteando la cara—. Estás borracho, ya suéltame.
Aquel movimiento dejó a la vista su cuello largo y blanco.
Él tragó saliva con dificultad. Esa maldita frialdad lo sofocaba; lo único que quería era volver a sentir la pasión de antes.

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