Josefina estaba sometida por completo; su resistencia se volvía cada vez más inútil.
El aliento a alcohol que él desprendía parecía contagiarla, mareándola y dejándola en una especie de trance neblinoso.
Al sentir que ella empezaba a ceder, Benjamín relajó un poco la fuerza con la que la tenía atrapada.
Se escuchó el impacto de un golpe en seco.
Pero al segundo siguiente, el claro sonido de una bofetada inundó el silencio en la habitación.
En la cara de Benjamín quedó marcada de inmediato una clara huella de cinco dedos.
Se quedó totalmente inmóvil. Sus ojos, ahora cargados de una tormenta de rabia contenida, la miraban fijamente.
A Josefina le temblaba la mano con la que lo acababa de golpear.
Aun así, fingió tranquilidad y soltó: —Ya te lo dije. No quiero.
Benjamín se llevó una mano a la mejilla, se pasó la lengua por dentro de la boca y en su mirada apareció un destello de pura locura.
—¿Me vas a soltar otra?
Por un momento, Josefina se quedó atónita sin saber qué quería decir.
Benjamín jaló con fuerza y le desgarró la ropa de un tirón.
—Porque si no lo vas a hacer, entonces voy a seguir.
Josefina abrió los ojos de par en par, incrédula ante su cinismo.
Él no le dio la más mínima oportunidad de reaccionar y volvió a atacarla a besos.
Y esta vez, no le permitió poner resistencia alguna.
La noche se prolongó cada vez más.
Nadie supo cuánto tiempo había pasado. Cuando por fin Josefina logró regular su respiración, se quedó recostada boca abajo sobre la cama. Mientras tanto, él le daba ligeros besos en el hombro, con un claro gesto de enorme satisfacción.
Ella cerró los ojos y, con la voz ronca, murmuró: —Me voy a meter a bañar.
—Yo te preparo el agua.
El tono de Benjamín era ahora mucho más suave.
Se levantó y caminó hacia el baño.
Josefina se mordió los labios hasta casi lastimarse. Se moría de rabia consigo misma.
En ese instante, su celular sonó de repente. Tras dar un profundo respiro, agarró el aparato.

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