Sin embargo, en cuanto terminó de hablar, Josefina aprovechó el momento para abrir la puerta del coche, se bajó y se alejó.
—¡Jose!
Benjamín frunció el ceño al verla y salió a buscarla.
Emiliano se quedó sorprendido. De inmediato estiró el brazo para detener a Benjamín.
—Oye, Benjamín, cálmate un poco. La veo pálida, ¿por qué no la dejas sola un rato?
Benjamín lo empujó a un lado.
—¡Al que quiero dejar solo es a ti! ¿Qué diablos quieres?
Emiliano sonrió, un poco avergonzado, y explicó:
—La verdad es que sí hay algo. Acabo de regresar a Grupo Paredes y estoy a cargo de un proyecto. El jefe de la otra empresa ya ha trabajado contigo y lo conoces, así que quería ver si podías presentármelo.
—Comunícate con mi secretario —respondió Benjamín, sin una pizca de paciencia.
Se dio la vuelta para correr tras Josefina.
Pero, en ese breve lapso, Josefina ya se había subido a un taxi y se había ido.
Volteó de golpe y miró a Emiliano con el ceño fruncido y cara de pocos amigos.
Emiliano levantó las manos en señal de rendición de inmediato.
—No fue a propósito, ¿eh? Ni se te ocurra golpearme.
Benjamín respiró profundo para controlar su enojo. Luego, sacó un cigarro del bolsillo de su pantalón y lo encendió.
El fuerte sabor de la nicotina le llenó los pulmones. Entrecerró los ojos y pareció que su frustración disminuía un poco.
—¿Desde cuándo fumas? —preguntó Emiliano, sorprendido—. Según yo, antes no lo hacías.
Benjamín se recargó en el coche, con expresión indiferente.
—¿Quieres uno?
Emiliano negó con la cabeza.
—No fumo, no me gusta.
Benjamín esbozó una media sonrisa y comentó:
—Eso es porque todavía no has tenido verdaderos problemas.
—¿Es por Josefina? —le preguntó Emiliano.


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