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La noche que te convertiste en la madre de mis hijos. romance Capítulo 11

Yvaine.

Me mire en el espejo del baño, la imagen que me devolvía, tras mi ducha, era de una piel limpia, suave, un poco enrojecida por el calor del agua, el pelo lo tenía sujeto en una toalla para que recogiera el exceso de agua y la humedad. El resto del cuerpo se hallaba envuelto en una toalla grande de color blanco.

Hacía dos horas que habíamos regresado del Registro Civil. Y mientras yo iba a dar de comer a mis hijos, Norman tuvo que ir a bañarse de urgencias, debido el incidente vergonzoso que sufrí mientras nos estábamos besando.

Es verdad que llevaba todo un día sin sacarme la leche materna, excepto por la mañana cuando deje varios biberones preparados, para que dieran de comer a los niños cada tres horas, pero dar el pecho tiene un inconveniente, ya que el vaciado de los senos debía ser regular, por lo menos cada tres horas, si no ellos mismos tienden a evacuarse para bajar la presión de los mismos. Yo llevaba por lo menos seis horas sin evacuarlos, y por ello los notaba pesado y doloridos. Esa había sido la señal que tenía que haberme dado una pista, de lo que podía pasar, pero debido a las situaciones en las que nos encontramos decidí omitir. Ahora sé que fue una mala idea.

A causa de la presión, y el tiempo que hacía que no los vaciaba, mientras Norman me estaba besando y abrazando fuertemente, después de haber salido del Registro Civil, al parecer mis discos de lactancia no pudieron retener tanta efusividad y volumen de leche materna, así que comencé a mojarme la camisa y la chaqueta del traje de Chanel, por consiguiente, al estar Norman tan pegado a mí, su camisa se mojó de leche materna. Mis pechos parecían cataratas lácticas, que mojaban todo a su paso.

Al recordar la situación aún me siento avergonzada. En un principio, mi recién adquirido esposo, me miró como sorprendido, pero al ver mi cara avergonzada, intentando cubrirme los pechos para que retener la salida de leche, estalló en carcajadas y me ayudó a llegar al coche lo más pronto posible, debido a mi incomodidad.

-" Vámonos señora Miller, creo que ciertos depósitos deben ser vaciados, y hay dos niños que estarán encantados de encargarse de ese trabajo, además no hay que desperdiciar el alimento de mis hijos, ya que vienen envuelto en un embace de tanta calidad...Estoy muy interesado, en probar la calidad de ese embace esta noche"- las últimas palabras, las dijo casi en un susurro.

Todo el trayecto a casa lo hice en silencio, roja como un tomate, de la vergüenza, sin apenas levantar la cabeza para no ver la cara de diversión de mi marido.

Mientras, él, no podía mirarme porque desde que me miraba, estallaba en carcajadas.

Pude ver, como hasta el chofer nos miró, en ocasiones por el retrovisor, sorprendido por la aptitud de su jefe, una persona que apenas reía y siempre estaba serio, frio y tranquilo. No entendía que le estaba pasando.

Tras dar de comer a los bebés, me dirigí al baño para ducharme, así que no sabía exactamente dónde se encontraba mi recién estrenado marido. Este último, dio órdenes de que se nos sirviera la cena de celebración, en la enorme terraza que había en nuestra habitación. La terraza era grande con unos sillones y mesitas de mimbre blanco. Lo completaban unos enormes cojines de colores de gran calidad.

Como diseñadora vi que el diseñador que diseño este espacio no perdió detalle, todo el mobiliario, los cojines y plantas que lo envolvía todo, era de un estilo impecable, lujoso y de calidad. Aunque lo mejor de la terraza eran las vistas al jardín principal. Fue en ese lugar donde se hacían los preparativos para nuestra primera cena nupcial por parte de los sirvientes y el mayordomo James. Yo, mientras tanto, me estaba duchando y arreglando, para pasar una velada junto a mi marido.

Los niños se habían quedado a cargo de Rosita y Lidia, sus nanas. Eran muy profesionales y se habían ganado muy rápidamente el corazón de mis hijos, aunque yo seguía siendo la principal responsable de la educación y el cuidado de esos diablillos. Pero ya que iban a empezar a trabajar, debía de compartir mis responsabilidades con ellas, cuando yo no estuviera.

También, para dar de amantar a los dos herederos, me había sacado la leche necesaria, por si mis hijos se despertaban con hambre en la noche. Aunque esto desde hace tiempo no solía suceder, debía ser precavida, ya que Norman me dejó claro, que a no ser algo de extrema gravedad, esta noche no pensaba dejarme salir de nuestro cuarto, bajo ningún concepto. Era nuestra noche de bodas.

Esta decisión no me la dejo claro a mí, sino que también al resto de la de los integrantes de la casa, tanto al personal de servicio, como a James el mayordomo, y desde luego que, al abuelo, cuando anunció que ya habíamos legalizado nuestra situación, pero que esta noticia estaba sometida a más riguroso secreto hasta la celebración del aniversario.

Sabía que mi marido me había dado espacio para prepararme para esta noche, él estaba en su despacho hablando con su abuelo me imagino que, poniéndole al día de todos los detalles de nuestro acuerdo.

Para esa noche había elegido un camisón de seda a juego con un salto de cama de la marca La Perla de color malva, cuando vi la etiqueta de su precio casi me desmayé, su valor era muy superior al alquiler de tres meses de mi piso de Los Ángeles.

Suspire y me mire en el espejo tras vestirme y secarme el pelo. La tentación sea ajustaba a mi cuerpo en el pecho, que había aumentado tras el embarazo, y la cintura, para luego caer suelto hasta casi los tobillos, dejando una abertura lateral a medio muslo, que se abría al caminar, dejando ver mis piernas torneadas.

Decidí solo darles volumen a las puntas y que el pelo me cayera recto como una cortina hasta media espalda. Desde que supe que me convertiría en madre soltera, decidí ahorrar, así que no tenía dinero para ir a la peluquería.

Gracias a algunos consejos de mi amiga Kimberly, que era modelo en Los Ángeles, y algunos tutoriales de YouTube, aprendí a cortarme el pelo y peinarte de una forma casi semiprofesional. Habilidad que agradecí para que esta noche, el hombre, que seguro ya me esperaba a en le habitación, se sorprendiera.

Decidí que sólo me daría un ligero maquillaje. Me perfile los ojos con un Enliner, una ligera mascarilla para las pestañas y un toque de brillo labial de color malva, que combinaba con mi vestido. Tras el toque del perfume ya estaba preparada para que, esta noche fuera la primera, en brazos de mí marido.

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