Al día siguiente, sintiendo que ya había atado cabos, regresó a la casa de Damián. Lo vio salir cargando a su hijo de tres años. Iba al trabajo, pero el niño no quería que se fuera y hacía berrinche para que lo llevara.
—Axel, ya no hagas berrinche, papá tiene que ir a trabajar.
La mujer estiró los brazos para que Damián le pasara al niño.
Damián lo apapachó un rato hasta que se calmó y entonces se lo entregó a su esposa.
—En... en la tarde le voy a pedir un adelanto al jefe de la obra y mañana te llevo al doctor a checarte.
La mujer negó con la cabeza.
—Solo es un dolor de espalda, no es nada grave. Mejor guárdate ese dinero para pagar la enfermera de tu mamá.
Damián se vio muy culpable.
—Soy un inútil. Por mi culpa te la pasas sufriendo.
—La verdad es que yo soy la que te retrasa —respondió ella, también con mucha culpa.
Damián se inclinó para darle un beso en la frente.
—No me retrasas para nada. Casarme contigo ha sido lo mejor que me ha pasado.
Se notaba que la pareja se quería muchísimo. Víctor lo dudó un buen rato y al final decidió no interrumpir.
Esperó a que Damián se fuera para acercarse a la mujer.
En cuanto lo vio, a ella se le transformó la cara.
—¿Por qué sigues rondando mi casa? ¿Qué es lo que quieres?
Víctor solo se le quedó viendo de reojo sin decir nada, y ella se puso cada vez más nerviosa.
—¡Ya no vengas! Nosotros... ¡nosotros no te queremos ver!
—Te sientes culpable —dijo Víctor con una mirada penetrante.
Al escuchar esto, el nerviosismo en la cara de la mujer se notó todavía más.
—¿Culpable de qué? ¡Solo me da asco verte!
—Yo nunca me acosté contigo.
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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...