Isabella se paró frente al espejo, admirando su reflejo con el vestido de novia, y no pudo evitar pensar en voz alta.
«Wow, qué guapa».
Pero en el espejo no solo se veía a sí misma, también veía a una Diana fuera de sí, a una Otilia haciéndose la víctima y a un Gabriel frustrado tratando de calmar a su madre.
Mientras ellos discutían, se peleaban y se amargaban, ella se sentía de maravilla.
Después de admirarse un rato, se giró hacia Gabriel y dijo:
—¡Quiero este vestido!
Gabriel aceptó sin dudar.
—Está bien, será este.
Bajo la mirada furiosa de Diana y la envidia creciente de Otilia, Isabella le dedicó una sonrisa dulce a Gabriel.
—¡Gabriel, eres tan bueno conmigo!
Gabriel la miró con adoración.
—Soy tu esposo, ¿con quién más voy a ser bueno?
—Gracias…
La palabra «esposo», dirigida a Gabriel, ya no podía salir de su boca. Escupirla, tal vez, junto con un poco de saliva.
Isabella se fue feliz a cambiarse, mientras Diana, apretando los dientes, le dio un pellizco a Gabriel en el brazo.
—¿Sabes cuánto cuesta ese vestido?
Gabriel frunció el ceño.
—¿Cuánto puede costar un vestido? Lo importante es que ella esté contenta.
—¡Seis millones!
—¿Qué?
—¿No se lo ibas a comprar? ¡Pues ve a pagar!
Gabriel apretó los labios.
—No pensé que fuera tan caro.
—¡A esa nomás le falta que le salga cola para tenerla parada todo el día! ¡Un vestido de seis millones! ¿Qué se cree? ¡Ni que lo valiera! —Diana se enojaba cada vez más.
—Algunas se gastan seis millones en un vestido, mientras que yo y mi hijo tenemos que vivir de arrimados, aguantando miradas todos los días —dijo Otilia, con el corazón lleno de amargura.
—Ya, deja de quejarte —le espetó Diana, que entendió perfectamente la indirecta.
—Pues sí hay —dudó la asesora, pensando que esa familia, por su apariencia, no debería estar escatimando tanto en un vestido de novia.
—¿Cuánto?
—Mil.
—¡Pues ese!
—Ah, pero ese es uno que usábamos para alquilar. Se manchó de aceite y lo vendemos como si tuviera un defecto.
—¡Pues un vestido con defecto es lo que se merece! —dijo Diana, con una expresión de satisfacción.
Gabriel frunció el ceño.
—Bella se va a enojar mucho.
—¡Pues que se enoje, si no le da vergüenza hacer un escándalo!
—¡Pero la familia también queda mal!
—¿Qué mal ni qué nada? ¡No voy a invitar a ningún pariente nuestro!
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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...