Las cenizas de Lourdes habían sido sepultadas por Víctor en el cementerio de Monte Gris. A fin de cuentas, ella también le había mentido.
Pero a Víctor ya no le quedaban ganas de reclamarle nada a un muerto.
Llevó a Enzo hasta la lápida, señaló la fotografía pegada en la piedra y dijo:
—Mira, aquí está tu mamá.
Enzo miró la lápida, luego miró a Víctor, y tardó un largo minuto en procesarlo. De repente, sus ojos se llenaron de lágrimas.
—¡Me estás mintiendo! ¡Mi mamá no está aquí! ¡Ella se fue a trabajar, y cuando gane dinero va a venir a buscarme para llevarme a casa!
—Tú también sabías que tenía una enfermedad muy grave, una que no se podía curar, ¿verdad? —le contestó Víctor, mirándolo con total frialdad.
—¡Mi mamá no se va a morir! ¡Eres un mentiroso!
Enzo empujó a Víctor con todas sus fuerzas e intentó salir corriendo, pero Víctor lo atrapó al vuelo. Lo obligó a arrodillarse frente a la lápida para que viera la foto de cerca.
—¡Tu mamá está aquí, te está mirando!
—¡No es cierto! ¡No es cierto! —gritaba Enzo a todo pulmón, con las lágrimas rodándole por las mejillas.
Víctor nunca había tenido mucha paciencia. Acababa de descubrir que toda su vida era una mentira orquestada por su padre, que Enzo no era su hijo, y ni siquiera había tenido tiempo de procesarlo. Tener que lidiar con los berrinches del niño lo tenía al borde del colapso.
Si no fuera por el microscópico rastro de lástima que le quedaba, ya habría botado al niño ahí mismo.
—¡Llorar no sirve de nada, gritar tampoco! ¡Tu mamá se murió y punto!
Se agachó a su altura. Tenía frases mucho más crueles en la punta de la lengua, pero al ver el rostro del niño empapado en lágrimas, decidió tragárselas.
—¿Crees que a tu mamá le gustaría verte portándote como un cobarde?
—Mi mamá no...
—Engañarte a ti mismo no va a cambiar nada.
—Buáaa, buáaa...
—Ya te dije que llorar no sirve. Tu mamá no va a regresar.
—Eres un hombre malo.
—Piensa lo que quieras.
Víctor miró su reloj.
—Entonces, ¿qué hago ahora?
—Si no quieres criarlo, te doy una opción: mándalo a estudiar al extranjero y págale a alguien para que lo cuide. Santino no lo quiere, pero la familia Crespo no lo va a dejar en la calle. Así ya no será tu problema.
—A mí me mandaron al extranjero a los dieciocho, ¿y a él lo voy a desterrar a los seis?
—¿Te da lástima el niño?
—Yo... siento que es demasiado cruel.
—Entonces te doy otra opción: críalo tú. Ámalo como a un hijo, y cuando sientas que ya es lo suficientemente mayor y fuerte para entender, le cuentas la verdad sin que lo destruya.
Víctor soltó un suspiro profundo.
—Hablaste mucho para no decir nada útil.
—Te parece inútil porque en el fondo ya tomaste una decisión. Solo me llamaste para hacer berrinche y desahogarte.
—Eres pésimo para dar consejos emocionales.
—Lo siento, no puedo darte el valor emocional que buscas.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...