Renata llegó a su casa sintiendo un nudo en la garganta y vio una camioneta estacionada justo debajo de su edificio.
Miró hacia los lados, se acercó a la ventanilla del conductor y tocó el cristal.
El vidrio bajó y, tal como lo sospechaba, era Fabrizio. Llevaba unas gafas oscuras, tenía los brazos cruzados y estaba recostado contra el asiento. Giró lentamente la cabeza para mirarla, con una expresión cargada de melancolía.
—¿Quieres ir a tomar algo?
Renata soltó una risita amarga.
—Sí.
Fabrizio inclinó ligeramente la cabeza.
—Sube.
Renata imaginó que la llevaría a algún bar o a comprar botellas para beber en casa, pero para su sorpresa, él tomó la autopista en dirección a las afueras de la ciudad. A medida que el vehículo comenzaba a sacudirse más de la cuenta, Renata no pudo evitar mirar por la ventana. Ya habían dejado la autopista y estaban subiendo por un camino de montaña.
—¿A... a dónde me llevas?
Era plena madrugada, la montaña estaba inmersa en una oscuridad absoluta y no había un alma a la vista.
Bueno, mejor que no hubiera nadie. Toparse con alguien a esa hora sería aterrador.
—A buscar un buen lugar para beber.
—¿En un lugar así?
—Ya casi llegamos.
Renata se miró a sí misma y concluyó que no llevaba nada de valor como para que Fabrizio quisiera asaltarla, así que se acomodó nuevamente en el asiento con cierta tranquilidad.
—Si esta noche nos vamos por un barranco y nos matamos, el mundo perderá a un astrofísico brillante y a una ciudadana común y corriente.
Aunque en realidad, dudaba que alguien fuera a llorar mucho su pérdida.
Fabrizio soltó un pequeño bufido.
—Deberías decir que el mundo perdería a un supuesto genio y a la maravillosa señorita Renata Morales.
—¿Por qué dices eso?
—Porque hay personas que recuerdan tu nombre, que conocen tu historia, que saben quién eres y que te llorarían como familiares o amigos. Pero en mi caso, lo único que recordarán serán mis teorías poco prácticas y mis artículos. Su lástima se basará únicamente en que yo era alguien útil para la ciencia, pero no habrá familia ni amigos que lloren por mí.
En ese instante, Renata se dio cuenta de que ella y Fabrizio eran almas gemelas.
Ambos vivían inmersos en la soledad, disfrutando de ella, pero al mismo tiempo añorando en silencio el calor de la familia y de los amigos.
—Señor Carrillo, al menos me consideras tu amiga, ¿verdad?
—Así es, pero aun así conservé la habitación que usaba para eso.
Renata no lograba comprenderlo, pero se negaba rotundamente a acompañarlo hasta la casa, así que retrocedió un par de pasos.
—No me digas que tienes miedo de que te haga algo —dijo Fabrizio, levantando una ceja al verla retroceder.
—¡No te tengo miedo a ti, le tengo miedo a este camino!
Renata señaló la inmensa pradera cubierta de hierba. La última vez que había estado ahí era a plena luz del día, e incluso así, el trayecto la había aterrorizado. Ahora que era de madrugada, solo de pensar en pisar una víbora o algún bicho en la oscuridad le daban escalofríos.
Fabrizio echó un vistazo a la hierba detrás de él.
—¿Acaso ves algún camino por aquí?
—¿No se supone que tenemos que cruzar todo el pastizal para llegar a tu puerta?
Fabrizio soltó una carcajada.
—Si así fuera, salir y entrar a mi propia casa sería un verdadero suplicio.
—¿Entonces hay una forma más fácil?
Fabrizio no respondió. Simplemente se dio media vuelta y empezó a caminar hacia adelante.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...