Ignacio negó con la cabeza.
—Todavía es muy peligroso que andes por ahí.
—¡Ya lárgate!
Tatiana solo quería salir a tomar un poco de aire fresco. Ya que Ignacio no la dejaba, decidió esperar a que él se fuera para escabullirse. Con esa idea en mente, aguardó con paciencia hasta que finalmente lo vio cruzar la puerta.
Dejó pasar cinco minutos, se arregló y salió toda emocionada, solo para encontrarse de frente con Ignacio. Él seguía parado en la entrada, mirándola con los ojos entrecerrados.
Tatiana estalló de indignación.
—¡Ya te dije que firmamos la paz! ¡No corro ningún peligro! ¿Por qué te empeñas en tenerme encerrada? ¡No soy una prisionera! ¡Necesito salir, quiero respirar aire puro!
Ignacio suspiró profundamente.
—Está bien, puedes salir.
A Tatiana le brillaron los ojos.
—¡Ay, Ignacio, eres el mejor!
—Pero tienes que venir conmigo.
—¿Eh?
Una mueca amarga se dibujó en su rostro. Cuando le sugirió ir con él lo había dicho sin pensar, y hasta se alivió cuando la rechazó. Era la cena de bienvenida de su primo, ¿en calidad de qué iba a presentarse? ¿Cómo la introduciría Ignacio? ¿Y qué se suponía que debía decir ella?
—Sabes qué, mejor olvídalo.
Ignacio la ignoró y la jaló del brazo hacia la salida.
—Mi primo es súper relajado, no va a hacer preguntas raras. Además, la cena es solo una excusa para reunirse con un montón de vagos que tiene por amigos. En el fondo, no son mala gente. Tú compórtate como quieras.
Tatiana soltó un suspiro de resignación. Ya estaba metida a la fuerza en el coche, ¿qué más podía hacer?
El lugar de la reunión era un restaurante exclusivo escondido en un callejón. Según Ignacio, el mejor amigo de la infancia de su primo había reservado el establecimiento completo para la ocasión.
Apenas Tatiana pisó el callejón, sintió que el lugar le resultaba familiar; ya había estado ahí antes.
—La comida de este restaurante es buenísima, no hay platillo malo —le comentó Ignacio, dándose la vuelta para mirarla.
Ella asintió, recordando que era verdad.
La primera vez que fue, se acabó hasta el último grano de arroz de los platos y terminó siendo el blanco de las burlas de todos.
Él la ignoró por completo y se volteó hacia el interior del cuarto.
—¡A que no adivinan quién está aquí! Tatiana, sí, la mismísima mendiga en persona. No sé de dónde sacó que Fabio había vuelto, ni cómo descubrió que estábamos organizando su cena de bienvenida, pero aquí la tienen, presentándose sin vergüenza alguna.
Dicho esto, varias cabezas se asomaron por la puerta para observarla con curiosidad.
—¡No manches, sí es ella!
—Han pasado tantos años y sigue viéndose exactamente igual. ¡Parece que el tiempo no pasa por ella!
—Querrás decir que sigue vistiéndose igual de miserable.
El grupo estalló en risas. Lejos de arruinarles la noche, la llegada de Tatiana parecía haberles regalado un inesperado motivo de diversión.
Tatiana todavía estaba procesando la situación, cuando un hombre vestido con ropa deportiva oscura salió desde el fondo del grupo.
Se quedó petrificada. Nunca imaginó que volvería a cruzarse en su camino.
¡Era Fabio!
Su primer amor... ¡y el hombre que le había hecho vivir la etapa más humillante de toda su vida!

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...