Al enterarse de su trágica historia, los vecinos sintieron una profunda compasión por ella. Cualquiera que preparaba un platillo especial en casa, siempre se aseguraba de llevarle una porción.
Una de esas noches, después de cenar, Isabella salió de su casa. Como siempre, el ambiente alrededor del cenador estaba lleno de vida.
Unos jugaban a las cartas, otros simplemente charlaban.
—Oigan, ¿por qué no ha venido hoy la muchacha, Juana? —preguntó de pronto doña Irene.
Los demás se alertaron de inmediato:
—Ya tiene la panza muy grande, ¿no le habrá pasado algo?
Ese simple comentario bastó para que a todos les entrara la preocupación, así que rápidamente armaron un grupo y se dirigieron hacia la casa de Teo Beltrán.
Isabella, sintiendo un nudo en el estómago, los acompañó.
Al llegar, se toparon justo con Teo, que traía una bolsa de frutas. Les dijo que eran las que no se habían vendido en el día y se las traía a Juana.
Cuando intentaron abrir, se dieron cuenta de que la puerta estaba cerrada por dentro con seguro. Golpearon varias veces, pero no hubo respuesta.
Teo frunció el ceño, extrañado.
—¿Se habrá quedado dormida?
—Aunque estuviera dormida, debió escuchar los golpes —comentó doña Irene, visiblemente angustiada.
Teo asintió con decisión.
—Voy a saltar la barda para echar un vistazo.
El muro de la casa era algo alto, pero nada que Teo no pudiera manejar. Usó el tronco de un árbol cercano para impulsarse y saltó al interior. Segundos después, abrió la puerta principal. Tenía el rostro desencajado por el pánico.
—¡Rápido, entren! ¡Le pasó algo!
Un grupo de mujeres, incluyendo a Isabella, entró corriendo. Al ver la escena, todas soltaron un grito ahogado por el terror.
Juana estaba dentro de la tina del baño, casi inconsciente. Su rostro estaba mortalmente pálido y el agua a su alrededor estaba teñida de rojo...
—¡Rápido, hay que llevarla al hospital!
Isabella le pidió a las señoras que la ayudaran a sacarla y vestirla mientras ella corría a arrancar el auto.
Jamás se imaginaron que, apenas unos días después de haberse mudado, ocurriría una desgracia así.
Subieron a Juana al asiento trasero. Floriana y doña Irene se acomodaron una a cada lado para sostenerla, e Isabella pisó el acelerador a fondo, rumbo al área de urgencias.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...