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La Otra Esposa de mi Marido romance Capítulo 1432

Isabella asintió con un gesto serio.

—Cualquier asunto que tengan que tratar, lo pueden hablar directamente con Juana más tarde. Pero por favor, no la abrumen ahora; acaba de escapar de milagro de la muerte.

—Oye, nos hablas como si viniéramos a hacerle daño. ¡Nosotras somos su familia! —replicó la mujer joven, frunciendo el ceño.

Isabella no se molestó en discutir. Se giró e intentó tomar al bebé de los brazos de la enfermera, pero la mujer joven también extendió las manos.

—¡Nosotras somos la sangre de este niño!

La enfermera miraba de Isabella a las otras dos mujeres, sin saber a quién entregarle al recién nacido.

—Siendo así, será mejor que lo lleves tú misma a la habitación y se lo entregues directamente a la madre —propuso Isabella.

La enfermera asintió, aliviada de no tener que tomar esa decisión.

—Sí, creo que lo mejor será que se lo dé a la paciente.

Con un asunto tan delicado, no se podía permitir un solo error. La enfermera cargó al recién nacido hasta la habitación y lo puso en los brazos de Juana. Al mirar el pequeño rostro que era la viva imagen de su difunto esposo Esteban, Juana no pudo evitar romper a llorar.

Doña Irene, que estaba a su lado, se apresuró a consolarla, recordándole que en plena cuarentena no era bueno derramar lágrimas, pues afectaba la salud.

—¡Mi Juani!

En ese preciso instante, la suegra y la cuñada entraron a la habitación. Al verlas, el rostro de Juana se llenó de terror. Apretó al bebé contra su pecho y buscó instintivamente un rincón donde esconderse, pero en una cama de hospital no había escapatoria.

Al ver su reacción, doña Irene le dio unas suaves palmadas en la espalda.

—Tranquila, aquí estamos nosotras. No tengas miedo.

La suegra miró el rostro demacrado de Juana y se echó a llorar amargamente.

—Antes de partir, Esteban nos suplicó que viéramos por ti. Has pasado por tanto sufrimiento sola... ¡Dios mío, le hemos fallado a mi hijo!

Al escuchar el nombre de su esposo, la barrera de Juana pareció ceder un poco.

—¡Señora, no puedo entregarles a mi hijo! Si me lo quitan, me muero, ¡se los juro que no lo soportaría!

La suegra soltó un largo suspiro.

—Ay, mija... cuando le dije a tu cuñada que se llevara al niño al extranjero, lo hice pensando en ti. Eres muy joven todavía. No quería que te ataras de por vida ni que la carga te arruinara la juventud; te lo juro que lo hice por tu bien. Pero si tú no quieres, ¿cómo crees que te lo íbamos a arrancar de los brazos a la fuerza? ¿Por qué clase de monstruos nos tomas?

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