La casa que Isabella intentaba vender era la que le había dado Iván. Hacía poco se había dado cuenta de que seguía pagando las facturas de luz y agua de esa propiedad; cada mes le hacían un cargo considerable a su tarjeta, a pesar de que la casa estaba deshabitada.
Seguro que había habido algún error, pero no tenía ganas de discutir con la administración. Simplemente decidió que lo mejor era venderla y la puso en manos de una agencia inmobiliaria.
Al llegar al exterior de la propiedad, su primera reacción fue mirar instintivamente hacia la casa de enfrente.
La razón por la que no quería seguir viviendo allí era porque sus vecinos eran la familia Ibáñez. Sin embargo, la puerta de enfrente estaba cerrada y el jardín, cubierto de maleza, daba la impresión de que llevaba mucho tiempo abandonado.
«Quizá se mudaron», pensó, y luego dirigió su atención a su propio jardín.
Introdujo la contraseña para abrir la puerta, pero le marcaba error.
Supuso que los ocupantes la habían cambiado. Estaba a punto de llamar a la administración del fraccionamiento cuando la puerta se abrió desde dentro.
—¡Ya les dije que no vendemos la casa!
La persona que abrió la puerta gritó antes de darse cuenta de que no era el agente inmobiliario, sino Isabella. Se quedó paralizada un instante, su expresión cambiando varias veces hasta que finalmente mostró una sonrisa de sorpresa.
—Bella, ¿eres tú? ¿Regresaste?
Era Diana.
Al verla, Isabella frunció el ceño de inmediato. Así que, ¡los que habían estado ocupando su casa todos estos años eran los Ibáñez!
—¡Ay, muchacha! ¿Dónde te metiste todo este tiempo? Te buscamos por todas partes, preocupadísimos de que te hubiera pasado algo. ¡Nos tenías con el alma en un hilo! —dijo Diana, secándose unas lágrimas imaginarias.
—¡Por fin volviste! Qué bueno que estás de vuelta, qué bueno.
Isabella apretó los labios. ¿A qué venía toda esa actuación?
—¡Pasa, entra a la casa! —la invitó Diana, abriendo la puerta de par en par, y añadió como si nada—: Raúl se va a poner feliz cuando te vea.
Diana entró primero. Isabella esbozó una sonrisa sarcástica y la siguió.
—En ese entonces, Gabriel todavía estaba en la cárcel. Esa desgraciada de Otilia Soto dio a luz y nos abandonó al bebé, que todavía estaba lactando. Y justo en ese momento, a Raúl le dio un infarto cerebral y quedó paralítico de la cintura para abajo. Imagínate, yo sola cuidando a un bebé de dos o tres meses y a un inválido, sin tener a dónde ir. ¿Qué se suponía que hiciera?
Isabella no sentía la más mínima compasión por la desgracia de los Ibáñez.
—¿Así que simplemente se metieron a mi casa?
—Bella, de verdad que no tenía otra opción.
—¡No me importa si tenías opción o no, no debiste meterte en mi casa! Ahora quiero que se vayan de inmediato, ¡y que me paguen por todos los destrozos que hicieron!
—Tú…
En ese momento, se escuchó un fuerte golpe proveniente de la habitación del primer piso, en el ala este.
—¡Ay! —exclamó Diana, pidiéndole a Isabella que tomara asiento mientras corría hacia la habitación.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...