Entrar Via

La Otra Esposa de mi Marido romance Capítulo 489

Antes de llegar, Isabella no se había imaginado ni por un momento que se enfrentaría a una escena así.

Para ser sincera, no estaba preparada, y en ese momento se sentía bastante confundida.

—¡María, no seas maleducada!

En ese instante, entró otra persona: Gabriel.

Él también había cambiado mucho. Su cabello, antes de un largo mediano, ahora estaba cortado casi a rape. Llevaba una chamarra negra y unos jeans con restos de polvo en las piernas. No quedaba ni rastro del aire de joven heredero y exitoso que solía tener.

Parecía que no se atrevía a mirarla. Primero, levantó a su padre y lo colocó de nuevo en la silla de ruedas. Luego, le pidió a su madre que lo llevara de vuelta a la habitación y a su hija que subiera a su cuarto a hacer la tarea.

Diana, preocupada, le susurró antes de irse:

—Gabriel, habla bien con Bella. Dile que nos quedamos aquí porque de verdad no teníamos otra opción. Total, a ella le sobran casas, una más, una menos… que nos deje quedarnos por ahora.

—Ya, mamá, entra, por favor —dijo Gabriel, frunciendo el ceño.

Diana suspiró y se fue, empujando la silla de ruedas de Raúl.

—Gabriel, no quiero perder el tiempo con ustedes. Quiero que…

Antes de que pudiera terminar, Gabriel también se arrodilló frente a ella.

—Bella, lo que hice en el pasado fue una canallada. En estos años en la cárcel, he reflexionado y me he dado cuenta de mis errores. ¡No te pido que me perdones, solo espero tener la oportunidad de compensarte algún día!

Isabella entrecerró los ojos.

—¿Crees que con esto voy a evitar echar a tu familia de mi casa?

—¡Nos iremos lo antes posible!

—…

—Cuando yo estaba en la cárcel, mi madre tuvo que hacerse cargo de mi padre y de mi hija. Se metieron aquí porque de verdad no tenían a dónde ir. Ahora que he salido y puedo ganar dinero, aunque sea para vivir en un sótano, te juro que no seguiremos abusando de tu hospitalidad.

Isabella asintió.

—Bien, les doy tres días. Encuentren un lugar y lárguense de inmediato.

—Gracias, de verdad, muchas gracias.

Isabella no quiso seguir hablando con él y se dio la vuelta para irse.

—Bella, sé que te divorciaste de Jairo.

—¿Y tú quién eres?

—Soy la otra dueña de LI Diseño.

Clemente carraspeó.

—Ah, así que eres de LI. ¿Vienes a disculparte? ¿Y con las manos vacías?

Isabella lo observó con desdén. Era un hombre de aspecto escurridizo y poco fiable. No era de extrañar que, con alguien así a cargo de las compras, ocurrieran cosas como el uso de materiales de mala calidad.

—Vengo a traerte dinero —dijo Isabella.

Al oír la palabra «dinero», los ojos de Clemente brillaron con más intensidad.

—Acordamos un millón.

—Incluso dos millones no serían un problema.

Clemente, emocionado, intentó incorporarse, pero el movimiento le afectó la herida y soltó varios quejidos de dolor.

—Vaya, son gente de palabra. Siendo así, deposítenme el dinero cuanto antes.

Historial de lectura

No history.

Comentarios

Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido