Desde que llegaron en su camioneta de lujo, seguidas por un séquito de guardaespaldas y asistentes que se pavoneaban por todo el lugar, la gente había perdido el encanto por ella. Al principio, como era una celebridad, muchos quisieron pedirle una foto o un autógrafo, pero su personal los ahuyentó de mala manera y con eso bastó para que se les cayera del pedestal.
Así que todos habían sido testigos de lo que acababa de pasar.
—Estábamos muy concentrados en la competencia, no vimos nada.
—Los maestros estaban justo ahí, seguro ellos sí vieron.
—Quién sabe, todos usan lentes, a lo mejor no ven muy bien.
Al escuchar esos comentarios, Esther casi explota de rabia. Miró a los maestros, quienes, después de titubear un buen rato, terminaron diciendo que tampoco habían visto nada.
—Con que todos son ciegos, ¿eh? —dijo Esther, apretando los dientes—. ¡Perfecto, pues quédense ciegos para siempre!
Dicho esto, corrió hacia la canasta de Isabella, dispuesta a pagarle con la misma moneda. Sin embargo, cuando intentó levantarla, el peso se lo impidió.
Tras varios intentos fallidos, le gritó a uno de sus guardaespaldas.
El hombre se acercó, pero Isabella se interpuso en su camino y se dirigió a los maestros.
—Si nos agarramos a golpes, la reputación de su kínder podría verse afectada, ¿no creen?
Los tres maestros corrieron a detener al guardaespaldas.
—¡Mamá de Rocío, esto no está bien!
—¿Ah, no? —Esther la miró con los ojos desorbitados—. ¿Pero que ella nos robara nuestros jitomates sí estuvo bien?
—Pero… pero fue Rocío la que empezó a robarles a ellos…
—¡Mentira!
—Todos lo vimos.
La cara de Esther se descompuso. Furiosa, pateó la canasta de jitomates y se llevó a Rocío de la mano.
—¡Qué porquería de juego! ¡No respetan ninguna regla, ya no jugamos!
Una vez que Esther y su hija se fueron, a Lucas también se le quitaron las ganas de seguir. Sin esperar a que terminara la actividad, le dijo a Isabella que se fueran a explorar otro lugar.
El rancho era enorme, con una gran variedad de cultivos.
Descubrieron un campo de fresas y, con el permiso del dueño, entraron a recoger una canasta. Después de pagar, se sentaron junto a un riachuelo a lavarlas y comerlas.

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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...