Entrar Via

La Otra Esposa de mi Marido romance Capítulo 523

Desde que llegaron en su camioneta de lujo, seguidas por un séquito de guardaespaldas y asistentes que se pavoneaban por todo el lugar, la gente había perdido el encanto por ella. Al principio, como era una celebridad, muchos quisieron pedirle una foto o un autógrafo, pero su personal los ahuyentó de mala manera y con eso bastó para que se les cayera del pedestal.

Así que todos habían sido testigos de lo que acababa de pasar.

—Estábamos muy concentrados en la competencia, no vimos nada.

—Los maestros estaban justo ahí, seguro ellos sí vieron.

—Quién sabe, todos usan lentes, a lo mejor no ven muy bien.

Al escuchar esos comentarios, Esther casi explota de rabia. Miró a los maestros, quienes, después de titubear un buen rato, terminaron diciendo que tampoco habían visto nada.

—Con que todos son ciegos, ¿eh? —dijo Esther, apretando los dientes—. ¡Perfecto, pues quédense ciegos para siempre!

Dicho esto, corrió hacia la canasta de Isabella, dispuesta a pagarle con la misma moneda. Sin embargo, cuando intentó levantarla, el peso se lo impidió.

Tras varios intentos fallidos, le gritó a uno de sus guardaespaldas.

El hombre se acercó, pero Isabella se interpuso en su camino y se dirigió a los maestros.

—Si nos agarramos a golpes, la reputación de su kínder podría verse afectada, ¿no creen?

Los tres maestros corrieron a detener al guardaespaldas.

—¡Mamá de Rocío, esto no está bien!

—¿Ah, no? —Esther la miró con los ojos desorbitados—. ¿Pero que ella nos robara nuestros jitomates sí estuvo bien?

—Pero… pero fue Rocío la que empezó a robarles a ellos…

—¡Mentira!

—Todos lo vimos.

La cara de Esther se descompuso. Furiosa, pateó la canasta de jitomates y se llevó a Rocío de la mano.

—¡Qué porquería de juego! ¡No respetan ninguna regla, ya no jugamos!

Una vez que Esther y su hija se fueron, a Lucas también se le quitaron las ganas de seguir. Sin esperar a que terminara la actividad, le dijo a Isabella que se fueran a explorar otro lugar.

El rancho era enorme, con una gran variedad de cultivos.

Descubrieron un campo de fresas y, con el permiso del dueño, entraron a recoger una canasta. Después de pagar, se sentaron junto a un riachuelo a lavarlas y comerlas.

—¿Todos tienen que tener un papá? Yoyo no tiene, Max tampoco, y Rocky tampoco.

Max era un perro y Rocky, un cerdo…

Isabella decidió que era mejor esperar a que Samuel fuera un poco más grande para contarle toda la verdad.

—A mí sí me preocupan muchas cosas por no tener mamá.

Al oír eso, a Isabella se le estrujó el corazón.

—¿Qué… qué cosas te preocupan?

—¡Que demasiadas mujeres quieren ser mi mamá y no sé a cuál elegir!

—¿Eh?

—Todas están locas por mi papá, quieren casarse con él y no paran de consentirme. Tengo que ser muy cuidadoso al elegir a mi nueva mamá entre tantas candidatas. Y ser cuidadoso implica investigar a cada una, lo cual es un trabajo enorme. Termino agotado.

Isabella sintió una punzada de ironía. Si para elegir a una tía política se tomaba la molestia de investigar y hacer tablas de evaluación, no quería ni imaginar el proceso para elegir una madre.

Historial de lectura

No history.

Comentarios

Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido