—Este asunto deberías dejárselo a tu papá, al final es él quien se va a casar.
—A mi papá no le interesa ninguna mujer.
—¿Y tú cómo sabes?
—Siempre le pregunto qué opina de cada una, y su respuesta es la misma para todas.
—¿Cuál?
Lucas carraspeó, imitando la voz de Jairo.
—No la conozco, no puedo opinar.
Isabella podía imaginarse perfectamente a Jairo diciendo eso con un tono displicente y totalmente desinteresado.
—Si no opina es porque le da flojera, lo que significa que no le interesa en lo más mínimo. Y efectivamente, al poco tiempo, deja de tener contacto con esa mujer —suspiró Lucas.
—Entonces, ¿quieres que se case o no?
—Claro que quiero.
—Pensé que no querías una madrastra.
—Obviamente no quiero una madrastra, pero mi papá es tan joven y guapo… sería una lástima que se quedara soltero toda la vida, ¿no crees?
—Bueno, no es para tanto…
—Además, los humanos forman parejas estables. Es parte de la evolución biológica. No quiero que mi papá se convierta en una anomalía evolutiva.
Isabella soltó una risita. La perspectiva de este niño para analizar las cosas era de otro mundo.
***
Resultó que el plan de la escuela era pasar la noche en una casa de campo cercana, tener otro día de actividades y luego regresar.
—¿Cómo que no me dijiste que nos íbamos a quedar a dormir? —le preguntó Isabella a Lucas.
Lucas desvió la mirada.
—¿No te lo dije?
—¡Lo hiciste a propósito!
—Solo es una noche, ¿cuál es el problema?
—¡No traje nada! —suspiró Isabella—. Ni ropa para cambiarme, ni pijama, ni mis cosas de aseo. Tampoco traje sábanas, no me gusta dormir en camas ajenas.
—¿Y le dijiste que estabas conmigo…?
—Sí, y me dio permiso.
Isabella frunció el ceño. ¿De verdad Marcela sabía que era ella y aun así lo había permitido?
Una maestra los guio hacia la casa de campo mientras les explicaba las actividades del día siguiente. Al entrar al patio, vieron a la gente de Esther estacionando una casa rodante.
El vehículo pasó por encima del trigo que los dueños de la casa tenían secando al sol.
Aunque al dueño no le hizo ninguna gracia, no dijo nada.
Por la noche, ellos dormirían en una gran tarima comunal, mientras que Esther y su hija se quedarían en su casa rodante, llevando su trato especial hasta las últimas consecuencias.
En mitad de la noche, el estruendo de un trueno despertó a Isabella. Al mismo tiempo, escuchó voces afuera.
—¡Oigan, los de la casa rodante, despierten! ¡Ya va a llover, por favor saquen el carro para que podamos recoger el grano!
La gente de adentro no parecía responder, y pronto se armó una discusión.
Lucas se sentó, frotándose los ojos.
—Vamos a ayudar. Si el trigo se moja, se echará a perder y se pondrán muy tristes.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...