—¿Qué hablaste con mi papá por teléfono? —preguntó Isabella sin rodeos.
—Todavía no respondes mi pregunta.
—Responde tú primero.
Víctor soltó un bufido, luego su mirada se afiló y avanzó a grandes pasos hacia Isabella.
Ella retrocedió por instinto; tenía una mirada demasiado perversa que, sin querer, le provocó miedo. Retrocedió paso a paso hasta topar con la barandilla. Víctor esbozó una sonrisa venenosa.
¿Qué pensaba hacer?
—Es cierto, llamé a Rafael. Hablamos de muchas cosas, y algunos temas… sí que eran un poco peligrosos.
Justo cuando Isabella pensaba que iba a hacerle algo, él se detuvo de golpe y ladeó la cabeza, sonriéndole.
—¿Quieres saber qué dijimos?
Isabella soltó el aire que había contenido.
—Por favor, dímelo.
—Te lo digo, pero primero contéstame una duda.
—¿Qué?
Víctor la escaneó de arriba abajo con la mirada, deteniéndose finalmente en su rostro.
—Tengo una curiosidad enorme, algo que me he preguntado por años.
Se acercó un poco más.
—Mi primo, con esa cara de santo que no rompe un plato… ¿de verdad funciona en la cama?
—¡Cof, cof! —Isabella se atragantó con su propia saliva.
Víctor se golpeó la frente.
—Cierto, ya tienen hijos, así que al menos funciona. Pero la pregunta es… ¿te satisface?
—Creo que eso deberías preguntárselo a él —respondió Isabella a duras penas.
—Si me atreviera a preguntarle, me mataría a golpes.
—¿Le tienes miedo?
Era Jairo.
Al verlo, Víctor soltó una risa nerviosa y liberó la mano de Isabella.
—Solo estaba bromeando con ella. ¿A poco no fue gracioso?
Se rio solo, con un «jeje» incómodo.
Jairo lo empujó.
—¿Te hace falta otra tunda para que se te quite lo gracioso?
Víctor levantó las manos y retrocedió varios pasos.
—De verdad, solo bromeaba. Es tu mujer, ¿cómo crees que me atrevería a tocarla?
La mirada de Jairo era fría como un cuchillo clavado en Víctor. La mirada de Víctor titubeó y sonrió para intentar calmar las aguas.
Isabella observó a los dos primos. Se parecían bastante, por eso la primera vez que vio a Víctor le resultó familiar. Pero las facciones de Jairo eran más finas, más elegantes; de perfil era imponente y de frente tenía una belleza que casi trascendía el género, pero su aura gélida le daba ese aire inalcanzable.
Víctor, en cambio, tenía rasgos tallados, una guapura agresiva y «cool», con los ojos rasgados hacia arriba que le daban un toque diabólico. Y así era él: un mujeriego rodeado de deudas emocionales.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...