—¡Floriana! ¡Floriana! ¡Ahhh! ¿De verdad eres tú?
Resultó que la muchacha había reconocido a la actriz de inmediato.
Floriana se apresuró a pedirle silencio con un gesto, temerosa de atraer la atención de los vecinos.
La muchacha se tapó la boca rápidamente, pero sus grandes ojos brillaban de alegría y no paraba de dar pequeños saltos de la emoción.
Aprovechando la situación, Isabella dejó que Floriana tomara la palabra.
—Disculpa, ¿esta es la casa de la señora Julieta Benítez? —preguntó la actriz.
La chica, que seguía alterada, primero asintió y luego negó con la cabeza.
—Ehh... Ella vivía aquí antes, pero ya no —logró responder.
—¿Se mudó?
—Sí. —La chica tomó varias bocanadas de aire—. ¡Floriana, soy tu fan!
Floriana sonrió.
—Gracias, yo...
—¿Me puedes dar un autógrafo?
—Claro, pero un segundo...
No había terminado de hablar cuando la muchacha ya se había metido corriendo a buscar papel y pluma. Al salir, sintió que había sido maleducada y las invitó a pasar a la sala.
—No te preocupes, venimos buscando a la señora Benítez —aclaró Floriana mientras firmaba la foto.
—¿Sabes a dónde se mudó la señora Benítez? —preguntó en cuanto le entregó el autógrafo.
La chica seguía tan emocionada que tardó un poco en procesar la pregunta.
—Ehh, eso fue hace como tres años. Ella le vendió la casa a mi familia. En cuanto a dónde se fue...
La chica no tenía idea, pero estaba decidida a ayudar a su ídola, así que llamó por teléfono a su mamá y luego fue a preguntarles a los vecinos. Al final regresó con un dato que no sabía si era del todo cierto.
—Tenía una casa vieja en el pueblo de Peñanegra. Los vecinos dicen que se regresó a vivir allá.
—¿Te contaron por qué vendió la casa? —intervino Isabella.
—¡Buenas noches! —saludó Isabella.
Isabella volvió a alzar la voz, pero la mujer parecía no haberla escuchado, así que golpeó la puerta con fuerza varias veces.
Solo entonces la mujer volteó lentamente. Tenía un rostro que, aunque no parecía tan mayor, estaba cubierto de arrugas profundas, con la piel áspera y agrietada, como si hubiera sido castigada por el sol y la tierra.
Al verlas, la mujer se asustó un poco y se levantó apresurada para acercarse.
—¿Quiénes son ustedes? ¿Qué hacen en mi casa? —preguntó a la defensiva.
Isabella ya tenía preparado su discurso.
—Somos empleadas del hotel del Grupo Crespo —se presentó.
—¿Qué?
—Del hotel del Grupo Crespo.
—¿El hotel de quién?
A Isabella le tembló un poco la comisura de los labios. Acababa de darse cuenta de que la mujer era sorda.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...