Isabella quiso decir algo más, pero Julieta la sacó a empujones y cerró la puerta de golpe, impidiéndole siquiera ver a su hija.
—¡Aunque me den el dinero, no voy a aclararles nada! ¡Lárguese de aquí y deje en paz a mi hija! —le gritó Julieta, furiosa.
—Señora Benítez, entiendo que no puedo darle el dinero, pero tal vez haya otra forma en la que pueda ayudarlas a ambas...
—¡No necesitamos nada! —le gritó Julieta, y además de enojo, en su voz se notaba cierto nerviosismo—. En fin, ¡no queremos remover el pasado, nunca más vamos a hablar de eso!
Dicho esto, Julieta se metió al cuarto y echó el cerrojo.
Isabella soltó un suspiro de derrota y no tuvo más opción que regresar al coche para reunirse con Floriana. Ambas lo platicaron un rato; sabían que no podían darse por vencidas e irse a casa tan fácil. Tenían que pensar en alguna otra alternativa.
Alquilaron una habitación en un hotel cercano. Como Floriana vio que Isabella se había puesto a revisar asuntos del trabajo de Tecnologías Crespo sin darse un respiro, y ella no tenía cómo ayudarle con eso, le avisó que saldría al supermercado a comprar fruta.
Pero en realidad, no fue al supermercado, sino que se dirigió directo a la vecindad.
Era prácticamente imposible convencer a Julieta, pero Floriana presentía que con la hija las cosas podrían ser diferentes. El problema era que sabían muy poco de su vida; si lograban averiguar más, tal vez encontrarían la forma de llegar a un acuerdo.
Cuando Floriana había estado esperando en el coche, se fijó en dos estudiantes que habían entrado a la vecindad riéndose y platicando. Pensó que, al vivir ahí mismo, seguro la conocían.
Justo en ese momento, vio salir a las dos muchachas con unas raquetas de bádminton en las manos.
Floriana no lo dudó y corrió a interceptarlas.
—Hola, disculpen, quisiera hacerles unas preguntas sobre una persona.
A propósito, no se había puesto lentes de sol ni se cubrió el rostro; se plantó frente a las chicas al natural.
En cuanto las estudiantes la vieron, sus caras se transformaron.
—Oye, Camelia, ¿no se te hace que es igualita a la actriz?
La chica llamada Camelia ya tenía los ojos muy abiertos por la sorpresa.
—Se parece muchísimo a Floriana.
—¡¿A Floriana?! ¡Sí, es igualita!
—Pero no puede ser... Floriana debe estar en Nublario. La administradora de su club de fans publicó que últimamente está encerrada leyendo guiones, así que es imposible que ande por aquí. Y menos que esté enfrente de mí.
Camelia sacudió la cabeza, incrédula.
—¿Estaré soñando?
Floriana sonrió.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...