—¿Y tú cómo sabes eso? —preguntó Julieta, asustada.
Isabella soltó el aire que contenía; al parecer, había dado en el clavo.
—¿Qué fue lo que ese tipo le hizo a Alexa?
Al recordar aquel suceso, Julieta se dio una bofetada a sí misma por el puro coraje y remordimiento.
—¡Ojalá nunca hubiera mandado a mi niña a llevarle de cenar a su papá!
Resultaba que el hombre asesinado se llamaba Xavier, era el dueño de una constructora, y Ramón Benítez trabajaba para él como su chofer.
—Alexa es nuestra única hija. Desde chiquita la cuidamos como si fuera de cristal. Era muy bien portada, muy lista, y hasta logró entrar a una universidad de muchísimo prestigio en la ciudad.
—Para poder estar cerca de ella, empacamos todo y nos fuimos a vivir allá. Yo me metí de afanadora y Ramón consiguió ese jale de chofer. Todo pasó hace tres años, justo el Día de Muertos. Ramón me marcó para avisarme que el patrón iba a tener invitados en la noche, y que le tocaría llevar a todos los borrachos a sus casas, por lo que no podría cenar con nosotras.
—Ese día salí temprano de mi turno y le preparé su comida favorita. Como me dio pendiente que no le dieran nada de cenar en esa casa y pasara hambre, mandé a Alexa para que le llevara unos platillos. Pero justo cuando la niña iba saliendo de dejarle la comida, ese animal de Xavier estaba fumando en el patio trasero y se la topó. Aunque sabía perfectamente que era la hija de Ramón, la agarró a la fuerza, la arrastró hasta la bodega de herramientas y a mi niña la…
Julieta se atragantó con sus propias palabras, incapaz de continuar.
Sin embargo, no hacía falta que terminara la frase; Isabella y Floriana ya habían entendido la tragedia.
—Ese infeliz le tomó un montón de fotos y la amenazó. Le dijo que si abría la boca, iba a subir todas esas fotos a internet para que todo el mundo las viera.
—Cuando mi hija regresó a la casa ese día, la noté muy rara. Pero cuando le pregunté qué traía, solo me dijo que estaba muy cansada. Yo no le di más vueltas al asunto. A partir de esa fecha, el ánimo de mi hija se fue en picada. Un día andaba tan distraída camino a la escuela que terminó chocando la bicicleta contra las jardineras de la calle.
—Y yo, de tonta, juraba que todo era por el estrés de las tareas. Solo le decía que no se agobiara, que le echara ganas poco a poco.
—Me imagino que Xavier se asustó de que salieran a la luz sus porquerías, por eso no presentó cargos contra Ramón —analizó Isabella—. Pero entonces, ¿por qué Ramón lo volvió a buscar después para matarlo?
—Porque… a los tres meses de todo ese infierno, nos enteramos de que mi niña estaba embarazada.
Isabella se llevó las manos a la boca, horrorizada. Eso significaba que Xavier había abusado de ella repetidas veces…
Julieta ya no pudo aguantar más la coraza; se tapó la cara con ambas manos y rompió en un llanto desgarrador.
Mientras tanto, de fondo, todavía se escuchaban los manotazos de Alexa contra el vidrio de la ventana de la habitación.
—¡Ustedes tienen la culpa de que yo esté así! ¡Ahora no valgo nada! ¡Nadie me va a querer, solo Vicente!
Julieta lloró por largo rato. Llevaba demasiado tiempo cargando con toda esa amargura. Siempre había tenido que tragarse el dolor para mantenerse fuerte y ni siquiera se atrevía a desahogarse por completo para no alterar más a su hija.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...