Romeo había comprado ese lugar.
Aquel señor maduro solo había actuado por órdenes suyas para sacarla de la zona roja.
Durante esos tres años, la persona que la había estado manteniendo en secreto no era otro que Romeo.
Al ver las escrituras y las fotos regadas por el piso, a Martina se le escapó una sonrisa que pronto se transformó en llanto.
Acababa de descubrir la verdad: Romeo nunca había dejado de amarla en aquel entonces.
Quizás ni él mismo se había dado cuenta. Por eso había sido tan frío, por eso le dijo que le daba igual romper el compromiso y por eso aceptó de inmediato cuando ella le propuso terminar.
Probablemente pasó mucho tiempo hasta que por fin entendió lo mucho que la quería.
Pero, para cuando la fue a buscar a Canadá, ella ya había tocado fondo.
Reía y lloraba al mismo tiempo, sin poder detenerse.
¿Le pesaba? Claro que sí.
¿Le dolía? Por supuesto.
¿Se arrepentía? Más que de nada en el mundo.
Pero... ya era muy tarde.
Él se había dado cuenta de su amor demasiado tarde, y ella también lo había descubierto a destiempo. Habían llegado a un punto sin retorno, en el que hablar de amor solo les causaría más daño.
Martina guardó las fotos en el sobre, lo dejó todo como estaba y cerró el cajón, fingiendo que nunca había tocado nada.
Se recostó en la cama, pero el sueño no llegó. Su cabeza no paraba de darle vueltas a la idea de lo que hubiera pasado.
Si las cosas hubieran sido diferentes... Pero cada vez que volvía a la realidad, el corazón le dolía todavía más.
De pronto, escuchó pasos que se acercaban. Rápidamente se metió bajo las cobijas justo cuando la puerta de la habitación se abrió, dejando entrar a un hombre alto.
Era Romeo, que había regresado de su viaje de negocios.


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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...