Quién sabe cómo Penélope se movió tan rápido.
Cuando se abalanzó sobre ella de nuevo, Erika intentó esquivarla, pero Penélope logró agarrarla fuertemente del cabello recogido y tiró hacia atrás con todas sus fuerzas.
Justo cuando Erika luchaba por zafarse, temiendo caerse al piso, una voz iracunda resonó a sus espaldas:
—¡Suéltala!
Penélope se detuvo en seco. Al volverse y ver a Valerio, esbozó una sonrisa servil.
—¡Ay, mi querido yerno! Qué bueno que estás aquí. Esta mocosa insolente no sabe comportarse; solo estaba corrigiéndola.
Con una mirada glacial y un tono que no admitía réplicas, Valerio repitió:
—Dije que la sueltes.
Intimidada por la expresión amenazante de Valerio, a Penélope no le quedó más remedio que soltar a Erika, aunque en el último segundo le dio un fuerte tirón de cabello por puro despecho.
Erika se llevó las manos a la cabeza adolorida, apoyándose en el reposabrazos del sillón para recuperar el aliento.
El tirón había sido tan brusco que se le llenaron los ojos de lágrimas.
Parpadeó rápidamente para contener el llanto mientras se arreglaba el cabello revuelto.
No era la primera vez que Penélope la trataba así. Siempre que estaba de mal humor, usaba a Erika como su costal de boxeo. Los jalones de cabello y los pellizcos eran el pan de cada día.
—¿No te habías ido ya? ¿Por qué volviste a hacer un escándalo? —preguntó Valerio.
La mirada de Valerio se posó brevemente en Erika, revelando una mezcla de emociones: parecía haber una pizca de lástima, pero también frustración por verla tan indefensa.
Enseguida, volvió a clavar los ojos en Penélope.
La mujer cambió de actitud en un parpadeo, mostrando una sonrisa amable.
—Ay, yerno, es que esta escuincla no me contestaba el celular y no la encontraba por ningún lado. De hecho, no me había ido, estaba esperando allá en la sala de visitas. Justo ahorita escuché a tu asistente Diego hablar por teléfono y así supe que ella estaba aquí.
—Pero, mi buen Valerio, ustedes todavía están jóvenes. Es normal que las parejas peleen de vez en cuando. Su papá y yo también nos agarrábamos del chongo cuando éramos chavos, y velo, aquí seguimos...
—¡Solo diga su precio!
Valerio la cortó en seco, con la voz cargada de fastidio, como si cada palabra que saliera de la boca de la mujer fuera ruido puro.
Era un auténtico milagro que una mujer tan vulgar y desquiciada hubiera criado a alguien como Erika.
No tenía tiempo para lidiar con sus estupideces, y mucho menos para tragarse su teatrito.
Al escuchar el tono tajante de Valerio, la sonrisa falsa se borró lentamente del rostro de Penélope.
Viendo la expresión de hielo del hombre, entendió que no había vuelta de hoja; la decisión era definitiva.
—Yerno, ¿de verdad puedo pedir cualquier cosa?
En cuanto Penélope terminó la frase, Erika, que había permanecido en silencio, intervino:

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Patrona y sus Trillizos: El exesposo rogón