Valerio alzó una ceja y, con un ligero movimiento de mano, le indicó a Penélope que tomara asiento.
La mujer, con actitud sumisa y exagerada, se acomodó en el sofá.
Penélope pensaba que su suerte había sido bastante miserable a pesar de haberse sacado la lotería con un yerno tan poderoso.
Como el matrimonio era un secreto a voces, ni siquiera se lo había podido presumir a sus amigas. No había manera de sacar provecho social de aquello.
Que no pudiera lucirse no era el fin del mundo; con aguantarse un poco y sacarle dinero a la fortuna de los Ramírez para tener la vida resuelta, le bastaba.
Pero este tipo era intimidante a más no poder, parecía que a todos los miraba por encima del hombro.
Sin darse cuenta, ella había dejado de lado su supuesta autoridad como suegra para adoptar una actitud arrastrada.
Al ver que él no decía nada, Penélope siguió con su perorata:
—Valerio, mijo, yo ya estoy mayor y he vivido muchas cosas. Piénsalo bien, ándale. Ve a Erika: graduada de una universidad prestigiosa, antes tenía un trabajo excelente, es cariñosa y atenta.
»Y lo más importante es que se muere por ti. Cada vez que iba a la casa se ponía terca pidiéndome que le enseñara a cocinar tus platillos favoritos. Varias veces terminó con los brazos llenos de ampollas por el aceite, pero decía que no le importaba quemarse con tal de que comieras rico.
»Ya sé que esto fue un arreglo de tu abuelo, pero, caray, ya llevan más de un año durmiendo juntos... eh, digo, viviendo juntos. ¿Apoco no le tienes nadita de cariño? ¿Por qué la urgencia de divorciarte...?
De toda la letanía interminable que escupió Penélope, Valerio solo retuvo una cosa: que Erika se había quemado los brazos aprendiendo a cocinar para él.
En la mansión Ramírez había chefs y sirvientes de sobra, ¿qué necesidad tenía ella de meterse a la cocina?
¿Ella, amándolo?
Lo único que esa mujer hacía era pedirle favores sin parar. ¿Cómo iba a ser amor?
Cuando alguien quiere sacar ventaja, es muy normal que actúe como un mártir complaciente.
Valerio se quedó dándole vueltas a muchas dudas. Tras pasearse por la oficina durante un rato, se detuvo y, con una voz plana que no admitía discusión, dictenció:


Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Patrona y sus Trillizos: El exesposo rogón