Al escuchar esto, el gerente de la plaza empezó a temblar de pies a cabeza. Estaba tan encorvado frente a Valerio que su espalda parecía hacer un ángulo de noventa grados.
—¡Señor Ramírez! ¿Y ahora qué hacemos? ¡Esto es un desastre...!
Valerio seguía con los ojos clavados en la pantalla, y su tono de voz se mantuvo frío:
—Manda a alguien a abrir las puertas y di que el sistema electrónico falló, pero que ya lo repararon.
—Sí, señor, enseguida. Usted quédese aquí, voy y vuelvo rápido. —El hombre salió corriendo, secándose el sudor por enésima vez.
Valerio entrecerró los ojos para mirar la cámara. De golpe, apuntó a una chica que llevaba lentes de sol, cubrebocas y una gorra, y le ordenó al guardia:
—¡Pausa ahí! Busca las grabaciones de esas dos mujeres en cuanto salen del baño, y síguele el rastro a todos los lugares donde estuvieron.
Unos minutos después, el guardia reportó:
—Señor Ramírez, cuando salieron por la puerta principal, la cámara que está instalada más alto alcanzó a captar que dieron vuelta por la calle Azahar.
Valerio frunció el ceño e hizo una llamada rápida a Diego:
—Te voy a mandar un clip de las cámaras de seguridad. Necesito que rastrees a las mujeres del video; empieza a buscar desde la intersección con la calle Azahar, en las salidas de la plaza.
—Entendido, señor Ramírez —le contestó Diego de inmediato—. Usted regrese al coche a descansar un momento, yo me encargo de mover a la gente.
Valerio volvió a frotarse la frente y comentó:
—Yo voy a ir personalmente a la empresa de Martina. Manda a unos hombres a revisar su casa.
Al colgar, Valerio se puso de pie, salió a toda velocidad y se dirigió al estacionamiento.
Media hora más tarde, apareció en el vestíbulo del edificio donde trabajaba Martina, escoltado por sus guardaespaldas.
Puso su tarjeta de presentación sobre la barra de la recepción y dijo con extrema formalidad:
—Vengo a hablar con Martina sobre un contrato. Avísele que estoy aquí.
La recepcionista levantó la vista y vio a un hombre tan apuesto como imponente.
—Usted... usted es...

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