No supo cuánto tiempo pasó hasta que abrió los ojos con lentitud.
Lo primero que vio fue una recámara en tonos negros y grises; las sábanas también eran grises.
Las cobijas despedían un olor muy familiar, era el aroma de él.
Erika examinó el lugar y apenas intentó incorporarse cuando alguien abrió la puerta desde afuera.
La imponente figura de Valerio se quedó pasmada en el umbral por unos segundos antes de cruzar la habitación con pasos largos y llegar junto a la cama.
—Perdón, te desordené la cama —dijo Erika con un tono sumamente distante, mientras se daba prisa para levantarse.
Pero al instante, Valerio se inclinó, la cargó en brazos y la volvió a acostar.
—Esta es mi sala de descanso. Quédate ahí, el doctor ya viene.
Dicho eso, le aventó unos chocolates del buró sobre la sábana:
—Cómete esto.
Aunque había sido cortante, su tono ya no tenía esa dureza de antes; de hecho, asomaba un ligero matiz de suavidad.
Erika miró los chocolates, y cuando procesó lo de que venía el doctor, se tensó de los puros nervios. Se apresuró a preguntar:
—¿Cuánto tiempo estuve desmayada?
—Media hora —respondió Valerio sin mayor emoción.
—Este... ya me siento mejor, ya me voy. —Erika hizo un segundo intento por bajarse de la cama.
Su desmayo seguramente había sido porque no había desayunado nada, sumado a que le sacaron sangre para todos los análisis de la mañana.
Si Valerio había llamado a un doctor, con una simple revisión iban a descubrir su embarazo.
No, imposible. Ya estaban por firmar el divorcio. Conociendo a Valerio, era muy probable que le exigiera interrumpir el embarazo.
¡Y si no, de seguro se esperaría a que naciera para quitárselo!


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