Elian frunció el ceño y suspiró.
—El carácter de Federico está cada día peor.
Moisés puso cara de «yo lo sé todo».
—Es que tiene en casa a alguien con un carácter peor que el suyo y, como no puede dominarla, viene a desquitarse con nosotros.
—Guillermo, mejor vete unos días fuera de la ciudad. Hace tiempo que veo que Federico te trae ganas.
Guillermo se frotó las sienes, con una mirada de preocupación.
—Solo fue una sugerencia bienintencionada.
Moisés se acercó y le pasó el brazo por los hombros, riendo.
—Sabemos que fue con buena intención, pero el problema es que Federico te ve como un rival imaginario.
—Alguien está celoso y ardido, entiéndelo.
Guillermo mostró una expresión de impotencia y dijo con calma:
—De todos modos tengo un proyecto que revisar fuera, así que aprovecharé para viajar.
—Haces bien en quitarte de en medio —agregó Elian—, no vaya a ser que pagues justos por pecadores.
Cuando Federico llegó a la Residencia Los Arrayanes, la casa estaba sumida en un silencio absoluto.
Recordó entonces que Jimena había despedido a Samara.
Aparte del personal de seguridad en la entrada, en la casa principal solo vivía Samara como empleada de planta. Ahora que se había ido, la mansión, ya de por sí fría, se sentía desierta.
Federico subió las escaleras con el ceño fruncido, pisando fuerte a propósito para hacer ruido.
Al pasar frente a la habitación de Jimena, se detuvo.
La puerta estaba entornada, no la había cerrado bien.
Federico tosió ligeramente para hacerse notar, pero no hubo reacción desde el interior.
Se asomó por la rendija; la luz era tenue.
«¿Ya se durmió?», pensó.
Con una duda en la mirada, se dirigió a su propia habitación.
«Su llamada ha sido enviada al buzón...».
Federico frunció el ceño, molesto.
Jimena no quería contestarle. Y lo hacía a propósito.
¿Acaso creía que no había llegado a casa?
Con cara de pocos amigos, caminó hasta la puerta de Jimena y tocó.
—Señorita Calvo, necesito hablar contigo.
No hubo respuesta desde el interior.
Federico, impaciente, empujó la puerta suavemente y la abertura se hizo más grande.
La habitación estaba en penumbra y el silencio no era normal. Una extraña inquietud le invadió el pecho. Entró, pero preocupado de que Jimena se ofendiera por su atrevimiento, anunció mientras cruzaba el umbral:
—Señorita Calvo, voy a entrar.
Se sentía ridículo. ¿En qué mundo un hombre tiene que pedir permiso para entrar al cuarto de su esposa por miedo a que se enoje?

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Traición en Vísperas de la Boda
Não entendo porque Jimena está tão benevolente com Regina. Espero sinceramente que essa Regina tenha um fim ruim…...
Garrada num ódio dessa Regina… quero que Jimena esmague ela com a ponta do sapato....
Me gustaría saber cuántos capítulos faltan y cuando los publicará...