Federico moría por gritarle que para él no había pasado, que no podía superarlo.
Sin embargo, las palabras se le atoraron en la garganta y terminó tragándoselas enteras.
Tras seis años de estar alejados, lo último que quería era que Jimena viera en qué desastre patético se había convertido.
Así que enterró todos sus tormentos en el rincón más oscuro de su ser.
Al llegar a la casa de la familia Núñez, estacionó el coche en el garaje, se bajó de un salto y le abrió la puerta trasera a Jimena.
Notando que ella se disponía a levantar a Fernanda, intervino con delicadeza:
—Yo me la llevo, déjala.
Jimena detuvo su ademán al escucharlo, se bajó y le cedió el lugar.
Se hizo a un lado y se quedó observando.
Vio cómo Federico se inclinaba para tomar con cuidado a la niña y cargarla en brazos.
En medio de los movimientos, Fernanda se medio despertó, entreabrió un ojito hacia él y murmuró con voz arrastrada:
—Papá.
—¿Ya volviste al país?
Evidentemente todavía seguía adormilada, perdida en un estado entre el sueño y la realidad.
Aquellas palabras tocaron fibras muy sensibles en él. Con un nudo atravesado en la garganta, se apresuró a tranquilizarla:
—Así es. Papá ya regresó para quedarse. De ahora en adelante ya no me iré a ninguna parte, me quedaré a cuidarte a ti y a mamá. ¿Te parece?
Acostada sobre su pecho, Fernanda asintió pesadamente.
—Súper.
Tras darle esa respuesta, frotó su carita en el hombro de Federico hasta acomodarse perfectamente y se volvió a quedar dormida como un tronco.
Jimena contempló a la niña con una ligerísima sonrisa asomándose en sus labios.
A decir verdad, desde que Fernanda entró al kínder, se había vuelto mucho más madura y consciente.
Ocasionalmente, cuando llegaban tarde de alguna salida y se quedaba dormida en el coche, justo en el momento en que Jimena intentaba sacarla, ella despertaba de golpe y le pedía bajarse a caminar sola.
En el fondo, la pequeña comprendía que a medida que crecía pesaba cada vez más y que para su madre resultaba agotador cargarla por tanto tiempo.
Se había quedado esperando en la puerta sin recibir a nadie por un largo rato.
Ahora, al notar que llegaban los tres en familia, su rostro dibujó una enorme sonrisa y les preguntó de entrada:
—¿Ya se durmió la pequeña?
Jimena asintió, agachándose a quitarse los zapatos de calle.
Justo al quitárselos, notó que a Federico, al tener los brazos ocupados, se le complicaba alcanzar sus pantuflas, por lo que estiró el pie y se las deslizó delicadamente.
Federico no se esperaba tal gesto y se las puso a toda prisa.
—Gracias —musitó, con la garganta enronquecida.
Jimena le dio una respuesta rápida:
—No hay de qué.
Al notar que las muestras de cortesía fluían entre ellos de una forma bastante orgánica y carente del ambiente tenso y calculador que esperaba, Delfina sugirió con entusiasmo:
—El señor Núñez aún no ha cenado, ¿verdad? En cuanto la señorita Calvo y la niña salieron, usted salió casi corriendo detrás de ellas. Si gustan, puedo ir a la cocina y preparar algo para que coman los dos, ¿les parece bien?

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Traición en Vísperas de la Boda
Que pena que travou tudo! Nem os presentes de leitura, estão liberando mais… 🥲...
No es gratis!!!...
Frederico junto com Regina no leilão novamente? Eu realmente não quero que a Jimena fique com o Frederico. Que homem mais ou menos!...
Esse professor Vicuña, é um velho sem nenhuma decência; por mais que o casamento fosse um contrato existia uma esposa! Irritada com esse velho nojento....
Nossa! Estou lendo com um nó na garganta. Quanta coisa Jimena está aguentando, e que homem horrível é esse Frederico… peguei ranço dele!...
Não entendo porque Jimena está tão benevolente com Regina. Espero sinceramente que essa Regina tenha um fim ruim…...
Garrada num ódio dessa Regina… quero que Jimena esmague ela com a ponta do sapato....
Me gustaría saber cuántos capítulos faltan y cuando los publicará...