Sin pensarlo dos veces, Almendra lo rechazó.
—En la noche estoy ocupada.
Fabián se quedó un poco desconcertado.
—¿Qué tienes que hacer? ¿Trabajo? Puedo ayudarte.
Por lo que había escuchado en la llamada con la señora Frida, la empresa tenía sus complicaciones. Pero en cuanto a ese tal Patricio, él mismo se encargaría de que lamentara haber nacido.
—No es trabajo —negó Almendra.
—¿Entonces?
—Voy a Atlamaya a ver a mi abuela —dijo, tajante.
Fabián comprendió al instante.
Anoche se había puesto a investigar su historia y sabía que, al nacer, sus padres adoptivos la habían abandonado con su abuela en un pueblo rural de Atlamaya.
Fue la señora Pilar quien la crio, y el lazo entre ellas era increíblemente fuerte.
—¿Quieres que te acompañe?
—No es necesario.
Fabián suspiró para sus adentros. Estaba bien, entendía que todavía no se había ganado ese derecho.
—Bueno… ¿y cuándo piensas llevarme a conocer a tu abuela? —preguntó, probando suerte.
Almendra lo miró de reojo. Este hombre era un poco encimoso.
Finalmente, llegaron a la empresa. Almendra soltó un «ya me voy» y se bajó del carro sin mirar atrás.
Fabián esperó hasta que la figura de Almendra desapareció por completo dentro del edificio. Solo entonces le indicó a Martín que arrancara y, con una expresión gélida, añadió:
—Quiero que investigues a ese tal Patricio a fondo.
Nadie se metía con su gente y salía impune. Se aseguraría de que ese hombre sufriera un infierno en vida.
—¡Entendido, jefe!
«Pobre diablo», pensó Martín. «Alguien más está a punto de tener muy mala suerte».
***
Cintia había estado esperando ansiosamente el regreso de Almendra. Cuando vio su silueta, alta y decidida, aparecer en la entrada, sus ojos brillaron como si viera a su más grande ídolo.

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