A Rodrigo se le iluminaron los ojos al escuchar a Susana.
—¡Qué buena idea, Susana! Nuestro objetivo es que la abuela consiga a El Santo, ¿no? Si la mantenemos contenta, el problema está resuelto.
A Valeria también le pareció un buen plan, pero la sola idea de tener que disculparse con Almendra le revolvía el estómago. Era como si la vida de su hijo estuviera en manos de esa mocosa. ¡La vieja de verdad sabía cómo fastidiarla! Ya vería si le seguía hablando cuando su hijo se recuperara. ¡Y que Almendra se fuera al diablo!
—Mamá, sé que te duele tener que disculparte con Almendra, pero ahora mismo la abuela es la única que sabe dónde está El Santo y puede convencerlo de operar a mi hermano. Todo lo que hacemos es por él, ¿no? —dijo Susana, comprensiva.
Valeria resopló.
—Por Braulio. Esta vez, a Almendra le salió bien la jugada. —Miró a Rodrigo—. Llámale a la vieja. Dile que aceptamos disculparnos con Almendra, ¡pero que no crea que con eso la vamos a dejar volver a la familia!
Apenas habían logrado deshacerse de esa ave de mal agüero, y por nada del mundo la dejaría volver a entrar por su puerta.
Rodrigo asintió.
—De acuerdo. Tú lleva a Susana con el médico, yo hablo con ella.
—Bien.
Rodrigo llamó a su madre, pero no contestó. Le mandó un mensaje: «Mamá, si con esto te quedas tranquila y podemos salvar a Braulio, aceptamos disculparnos con Almendra. Pero no puedes obligarnos a que vuelva a casa. Al fin y al cabo, ya es hija de los Reyes y no tiene nada que ver con los Farías. ¿Estás de acuerdo?».
Pilar leyó el mensaje y negó con la cabeza, resignada. Qué tontos. Les estaba mostrando el camino y se negaban a seguirlo. Allá ellos. Que se las arreglaran solos. Ya se arrepentirían.
Rodrigo esperó un buen rato hasta que recibió una respuesta de apenas dos palabras: «Como quieran».


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