A Fabián le dio un vuelco el corazón. ¿Qué había dicho? ¿Que no se moviera?
—Todavía no se han ido lejos —añadió Almendra, para que no malinterpretara sus palabras.
Esa postura también la tenía a ella muy incómoda.
Y tenía razón. Al poco rato, Raúl regresó. Iluminó el lugar con su celular, revisó la puerta del almacén y, al verla cerrada, pareció tranquilizarse y se fue. Debió haber sido su imaginación.
Cuando estuvieron seguros de que Raúl se había ido, Almendra se apartó de Fabián y salió de su escondite. Fabián también soltó un largo suspiro. Un poco más y no habría respondido de sus actos. ¿Acaso creía que era de piedra?
Almendra se acercó a la puerta del almacén, que tenía una cerradura de código digital. Encendió la linterna de su celular y tecleó rápidamente una serie de números. Con un «bip», la puerta se abrió.
Fabián se quedó de piedra. ¿También sabía hacer eso? ¿Qué más secretos guardaba?
—¿Podrías abrir la cerradura de un banco? —preguntó, solo por curiosidad.
¿Cómo podía ser su chica tan increíble?
Almendra lo miró con cara de fastidio.
—No lo he intentado.
¿La cerradura de un banco? Vaya ocurrencias.

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