Susana sabía que a Valeria no le caía bien la abuela, pero no imaginaba que la odiara a tal grado.
Aunque, pensándolo bien, la abuela también se pasaba. ¿Cómo podía condicionar la cirugía de Braulio, con un cirujano como El Santo, a una disculpa para Almendra?
¿Acaso un nieto de sangre valía menos que una extraña?
Era ridículo.
Y esa desgraciada de Almendra… después de robarle dieciocho años de una vida de lujos, ¿todavía se atrevía a ser tan arrogante?
La humillación de la noche anterior seguía grabada en su mente. Algún día, se lo devolvería al doble, al triple.
—Mamá, tómate un té de tila para que te calmes. La abuela crio a Almendra, es normal que la prefiera un poco.
—¡Ja! ¡Esa vieja momia! ¡En cuanto Braulio salga de la operación, va a ver cómo la pongo en su lugar!
Valeria ya estaba harta de Pilar. Con un pie en la tumba y todavía queriendo dárselas de suegra autoritaria.
Pero una cosa era la rabia y otra la necesidad. Tenía que seguir intentando.
La vida de su hijo estaba en juego.
No podía permitir que nada retrasara la cirugía.
El teléfono sonó y sonó sin parar. Almendra frunció el ceño, lo tomó y contestó.
—¿Quién habla?
Al escuchar por fin la voz de Almendra, Valeria sintió una punzada de alivio, pero fue momentánea. Enseguida, la atacó con una lluvia de insultos.
—¡Almendra! ¿¡Por qué nos bloqueaste!? ¿¡Por qué no contestas el teléfono!? ¡Mira qué horas son! ¿¡O es que todavía estás revolcándote en la cama de algún vago!?
En ese momento, la furia le hizo olvidar por completo para qué la estaba llamando.
La mirada de Almendra se heló.
—Está loca —dijo con voz gélida.
Colgó y volvió a bloquear el número.


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