—Él te necesita ahora. ¡Solo tú puedes salvarlo! ¿De verdad tienes el corazón tan duro como para dejarlo morir?
¿Hermano?
A Susana le pareció una burla.
Un hermano con el que no había cruzado ni media palabra, ¿y lo primero que quiere de ella es un riñón?
Vivió dieciocho años con los Borrero. Por más que sufrió, por más golpes que recibió de su padre adoptivo, Ulises, él al menos nunca le pidió que vendiera su sangre o sus órganos.
¿Y sus supuestos padres biológicos?
Resultaban ser peores que Ulises.
—Toda cirugía tiene riesgos. ¿Y si me muero? —replicó Susana.
Valeria se secó las lágrimas al instante y le aseguró:
—¡Susana! Jamás permitiríamos que algo así pasara. ¿Por qué crees que insistimos tanto en conseguir a El Santo? Tu doctor Wilfredo lo dijo: si El Santo los opera, la cirugía de ambos será un éxito total, sin riesgos. Para nosotros, los dos son igual de importantes. Si no fuera porque la vida de tu hermano pende de un hilo, jamás te pediríamos esto. Susana, tú eres una niña sensata. Entiendes a tu papá y a mí, ¿verdad?
El corazón de Susana se congeló.
Así que, de una forma u otra, no tenía opción. Tenía que donar el riñón.
—Y si… ¿no quiero?
Al escuchar esas palabras, la expresión de Valeria se endureció.
La tensión en el aire se podía cortar con un cuchillo.

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