Por eso Martín todavía estaba investigando la identidad de esa persona, pero se ocultaba muy bien y aún no había descubierto nada.
Fabián frunció el ceño y volvió a dedicarle a Martín una palabra:
—¡Inútil!
Martín se quedó helado. ¿Acaso no tenía derecho a sentirse frustrado? No sabía desde cuándo, pero la palabra «inútil», que nunca había tenido nada que ver con él, se estaba convirtiendo en su etiqueta personal. ¡Quería llorar!
***
Cuando Almendra regresó a la mansión principal, Helena, la encargada de su cuidado personal y alimentación, la recibió respetuosamente.
—Señorita Almendra, ha vuelto. Iré a la cocina a traerle la cena.
—No es necesario, ya comí. Gracias por esperarme. Ve a descansar temprano.
Helena se quedó perpleja por un momento.
—Señorita Almendra, ¿no quiere comer un poco más? También hay agua de chía y una bebida caliente de maca, la señora lo indicó especialmente.
—No, gracias. El agua de chía y la bebida de maca bébetelas tú para que no se desperdicien.
Al ver la figura de Almendra subiendo las escaleras, Helena sintió una gran calidez en su corazón. La señorita Almendra era muy amable con los sirvientes, igual que la señora. No como la señorita Betina, que todos los días era arrogante y mandona. Aparte de tratar extremadamente bien a Liliana, no consideraba a los demás sirvientes como personas.
Almendra volvió a su habitación, se dio un baño y luego tomó su celular para responder mensajes.
El señor Esteban le había transferido cien mil pesos, diciéndole que se comprara botanas.
Ella sonrió con resignación. Pensando que el anciano seguramente ya estaba dormido, le respondió con un mensaje: [Gracias, señor Esteban. Tengo dinero para mis gastos. Iré a verlo en un par de días. Buenas noches.]
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