Gilberto asintió, comprendiendo.
—Supongo que tienes razón. —Tras decir eso, cambió de tema de repente—. Pero este tipo, Fabián, ¿no crees que se está pasando de la raya, aprovechándose de nuestra hermana justo en la puerta de nuestra casa?
Era la posesividad de un hermano mayor. ¿Cómo era posible que Fabián se hubiera llevado a su hermanita sin que él siquiera hubiera tenido la oportunidad de verla bien?
En cuanto las luces del carro los iluminaron, Fabián soltó a Almendra y la protegió colocándola detrás de él. Levantó la vista y reconoció el carro que solían usar sus futuros suegros.
Por un momento, se sintió un poco culpable.
Gilberto fue el primero en bajar del carro y miró a Fabián con cierta hostilidad, su voz teñida de disgusto.
—Señor Fabián, ¿qué se supone que está haciendo?
Aunque Fabián era unos años mayor que Gilberto y antes lo consideraba un mocoso, ahora, ante el cuestionamiento de Gilberto, se quedó sin palabras.
Después de todo, en el futuro tendría que llamar a Gilberto «hermano», igual que Alme.
Antes de que Fabián pudiera responder, Almendra, que estaba protegida detrás de él, asomó la cabeza.
En ese instante, tanto Gilberto como Almendra se quedaron helados.
—¿Tú?
—¿Tú?
Gilberto fue el primero en reaccionar, mirando a Almendra con total asombro.
—¿Mi hermana eres tú?
Almendra parpadeó y sonrió.
Qué cosas tiene el destino.
No podía creer que la persona con la que había salvado una vida y operado hoy fuera su genial tercer hermano, Gilberto.
—Sí, hoy la señorita que fue secuestrada estaba gravemente herida. Alme y yo la llevamos al hospital y la operamos juntos, ¿no es una locura? —Gilberto se emocionaba más y más al hablar. Ya estaba pensando en cómo pedirle consejos médicos a esa joven, y resulta que era su propia hermana.
—Vaya que es una coincidencia. Gilberto, ahora que ya viste a tu hermana, ¿por qué no le das su regalo de una vez? —lo apuró Frida.
Al oír esto, Gilberto tomó a Almendra de la mano y la guio hacia la cajuela.
Almendra se sorprendió. «¿De verdad hay un regalo?».
Gilberto abrió la cajuela y, de repente, los ojos de Almendra se iluminaron.
Había globos, luces musicales, peluches adorables y cajas de regalo de todos los tamaños que llenaban por completo el espacio.
Gilberto le acarició suavemente el cabello a Almendra con una expresión llena de cariño.
—Alme, así te llamaré de ahora en adelante. Bienvenida a casa. Espero que te gusten estos regalos. Lo que quieras en el futuro, solo dímelo y yo te lo daré. Y que sepas, de todos tus hermanos, ¡yo soy el que más te va a consentir!

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