Betina lo dijo con una confianza tal, que parecía que había sacado la calificación perfecta.
—¿Todavía no salen tus resultados? —preguntaron Simón y Frida, sorprendidos.
Betina asintió.
—Así es.
Frida lucía muy contenta.
—Entonces, seguro que a Betina le fue muy bien esta vez. Cuando tus hermanos hicieron el examen, sus resultados también tardaron en salir, ¡y todos obtuvieron el primer lugar en La Concordia!
Al escuchar a Frida, Betina se sintió aún más orgullosa, y fingiendo modestia, dijo:
—Mamá, no puedo compararme con mis hermanos. Con no hacerlos quedar mal, me doy por satisfecha.
Después de hablar, les guiñó un ojo de forma juguetona y sacó la lengua.
Simón dijo con una sonrisa:
—No tienes que compararte con tus hermanos. Si te fue bien, excelente; y si no, no pasa nada. No te presiones demasiado.
Betina asintió con una expresión obediente.
—Claro.
Luego, miró con curiosidad a Almendra, que había estado comiendo en silencio sin participar en la conversación.
—Hermana, ¿ya salieron tus resultados?
Para ella, el hecho de que Almendra evitara el tema significaba que le había ido mal y le daba vergüenza decirlo.
Después de todo, ¿cómo podría compararse la educación de una escuela en un pueblo perdido con la de una institución de primer nivel en La Concordia?
Betina ya había investigado las calificaciones de Almendra en la escuela; siempre andaba entre los últimos lugares de la clase. Alguien como ella ni siquiera podría entrar a una universidad técnica.
Cuanto más lo pensaba, más superior se sentía Betina. Esa rancherita de Almendra simplemente no podía compararse con ella.


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