Él sabía mejor que nadie el estado de salud de su abuelo. Afortunadamente, Almendra estaba presente cuando el abuelo tuvo la crisis; de lo contrario, las consecuencias habrían sido inimaginables.
Betina frunció los labios con una expresión de agravio y asintió.
—Lo sé, tendré más cuidado en el futuro.
—Bueno, a desayunar.
Durante el desayuno, el ambiente era un poco tenso. Para aligerarlo, Gilberto le preguntó a Betina:
—Oye, Betina, llevamos un buen rato platicando y todavía no nos has dicho qué calificación sacaste.
Al mencionar sus resultados, Betina volvió a erguir el pecho y miró con aire de misterio a Almendra, que estaba bebiendo su sopa con la cabeza gacha.
—Hermana, ¿ya te llegaron tus resultados? ¿Sacaste el puntaje perfecto?
Almendra levantó la vista, le lanzó una mirada indiferente y siguió con su sopa sin responder.
Su silencio hizo que Betina asumiera que le había ido fatal. Al instante, se sintió engreída.
—Bueno, hermana, aunque no hayas sacado el puntaje perfecto, no pasa nada. Con que logres entrar a la Universidad Central de Valparaíso o a la Universidad La Concordia, es suficiente.
Para su sorpresa, Almendra levantó sus hermosos párpados y la miró.
—No pienso aplicar ni a La Concordia ni a la Central de Valparaíso.
Con esto, Betina estuvo aún más segura de que Almendra había reprobado y se sintió triunfante.
—Entonces, ¿a qué escuela piensas aplicar, hermana? ¿Hay alguna otra que se compare con esas dos?
—Alme, no importa qué calificación hayas sacado ni a qué escuela vayas, lo único que importa es que seas feliz —la consoló Frida.
Simón añadió:
—Así es, Alme. La escuela a la que vayas no define tu futuro. Elige la que quieras, tu mamá y yo te apoyaremos totalmente.
Justo cuando Almendra iba a decir algo, el mayordomo entró corriendo desde la puerta.
—¡Señor, señora! ¡Tengo una gran noticia!
Todos se quedaron perplejos. Al ver al mayordomo sin aliento, Simón preguntó:
—¿Son las universidades que vienen a pelearse por alguien?
Con cuatro genios en casa, ya era costumbre que, cada vez que había exámenes de admisión, las universidades vinieran a reclutar a sus hijos con ese mismo fervor, y el mayordomo siempre reaccionaba así.
—¡Sí! ¡Ha venido muchísima gente! ¡Incluso de varias universidades extranjeras! ¡Dicen que en esta casa vive quien sacó el puntaje más alto en el examen de ingreso!
En un instante, Betina se levantó de la silla de un salto, con la voz varias veces más alta de lo normal.
—¿El puntaje más alto del examen de ingreso?
El mayordomo asintió emocionado.
El mayordomo dudó un momento antes de responder.
—Dijeron que era la señorita Almendra, pero no dieron el nombre completo.
Simón sonrió.
—¿Por qué no salimos a ver y lo averiguamos?
Betina se sintió indignada, creía que Gilberto la estaba subestimando.
«¡Solo me faltaron 15 puntos para sacar la calificación perfecta! Y eso que el examen de este año estuvo durísimo. ¿No es normal que sea el primer lugar? ¿Por qué Gilberto no me cree? ¿Acaso piensa que la primera fue Almendra, esa palurda?»
—Sí, salgamos a ver de inmediato —dijo Frida.
Luego, miró a Almendra, que se limpiaba la boca con una servilleta, y le preguntó con dulzura:
—Alme, ¿nos acompañas a ver?
Almendra sonrió levemente.
—Vayan ustedes, yo no iré.
Antes de que Frida pudiera insistir, Betina intervino:
—Mamá, es posible que a mi hermana no le haya ido muy bien. Si no quiere ir, no la obliguemos.

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