¿Vienen a buscar a la estudiante con el puntaje más alto? —preguntó Simón.
Betina, con una sonrisa amable y refinada, mantenía la espalda erguida mientras se aferraba suavemente al brazo de Frida, esperando el momento más glorioso de su vida.
El director de la Universidad Central de Valparaíso se adelantó.
—Señor Simón, todos hemos venido por la estudiante con el puntaje más alto.
Simón empujó suavemente a Betina hacia adelante.
—Supongo que ella es a quien buscan. Mi hija menor, Betina.
Betina, instintivamente, levantó su barbilla con arrogancia, mirando a la multitud desde arriba, esperando sus elogios y que se pelearan por ella.
Pero, para su sorpresa, en cuanto Simón terminó de hablar, la acalorada escena se sumió en un silencio sepulcral.
Todos estaban desconcertados.
«¿Betina? ¿No es ella la del puntaje perfecto que estamos buscando?»
—Disculpe, señor Simón, ¿qué calificación sacó la señorita Almendra? —preguntó el representante de la Universidad Central de Valparaíso.
Simón respondió con una sonrisa:
—Setecientos treinta y cinco puntos.
Betina enderezó aún más la espalda, como una princesa elegante y noble esperando su medalla de honor.
El representante de la Universidad Central de Valparaíso la miró con admiración.
—Señor Simón, usted y la señora Reyes son héroes y un ejemplo para el mundo de la educación. Tener cinco hijos con calificaciones sobresalientes en el examen de ingreso es algo que nos llena de admiración.


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