Betina no pudo evitar lanzarle una mirada a Helena, sus ojos llenos de resentimiento.
«A esta Helena, tarde o temprano tendré que sacarla de la casa de los Reyes. ¡Es un estorbo!», pensó.
Las palabras de Helena también hicieron que Liliana pusiera los ojos en blanco, y resopló con desdén. —Cristian y Alexandro también sacaron la calificación perfecta. No es como si la señorita Almendra fuera la única. Además, la señorita Betina obtuvo un puntaje cercano al máximo, ¡solo le faltaron 15 puntos para alcanzarlo!
—Entonces, ¿por qué no sacó esos 15 puntos?
La voz de Almendra, fría como el hielo, resonó sin previo aviso, haciendo que los rostros de Betina, Liliana y las demás se congelaran.
Helena, en cambio, se alegró al instante. Al ver a Almendra bajar las escaleras, la saludó con respeto. —Señorita Almendra, buenos días.
Almendra asintió con un “mm”, ignorando la presencia de las otras, y se dirigió directamente a la mesa del comedor, sentándose frente a Betina. —Quiero agua.
Helena se apresuró a decir: —Espere un momento, señorita Almendra, ahora mismo le sirvo.
Pero Almendra intervino. —Si no recuerdo mal, ¿alguien dijo que si yo sacaba la calificación perfecta, me serviría las bebidas personalmente?
Se recostó en la silla con una postura relajada y casual, mirando a Betina con una mirada gélida y desafiante.
Betina apretó los puños con tanta fuerza que sus nudillos se pusieron blancos.
¡Almendra!
¡Lo estaba haciendo a propósito!
—¿Qué pasa? ¿Piensas echarte para atrás otra vez? ¿O prefieres que le llame al abuelo ahora mismo para que él decida por ti? —dijo Almendra con una sonrisa burlona.
De repente, Betina relajó las manos. Sonrió con una dulzura fingida y una expresión de víctima. —¿Cómo crees, hermana? A mí también me da mucho gusto que hayas sacado la calificación perfecta. Dije que te serviría las bebidas para aprender de ti, y lo voy a cumplir.
»Si quieres agua ahora, iré a servírtela.
El agua que Betina había intentado derramar deliberadamente terminó cayéndole toda encima. El líquido hirviendo la hizo estremecerse de dolor, y el vaso se le resbaló de las manos, cayendo con un golpe seco sobre su pie.
El pesado vaso de vidrio impactó directamente en los dedos de su pie, que llevaba unas sandalias de tacón. El dolor fue tan agudo que vio estrellas y soltó un grito agudo tras otro.
Todo sucedió tan rápido que Liliana y las demás apenas pudieron procesarlo. Solo vieron a Betina doblada sobre el borde de la mesa, sudando frío por el dolor.
—¡Dios mío! ¡Señorita Betina!
Liliana fue la primera en reaccionar y corrió hacia ella.
El vaso de vidrio que había golpeado el pie de Betina no se rompió; rodó por el suelo como una pequeña rueda y se detuvo justo delante de los pies de Liliana.
Pero ella estaba tan preocupada por Betina que no se fijó por dónde pisaba. Al dar un paso, pisó el vaso y, con un estruendoso ¡pum!, cayó de bruces al suelo.
Todos se quedaron sin palabras.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Los Secretos de la Hija Recuperada