Almendra siempre había dormido sola, así que podía moverse como quisiera. Pero la noche anterior…
—¿Y qué piensas hacer?
Con una respiración agitada, Fabián se inclinó y besó suavemente sus labios, rojos y delicados como pétalos de rosa.
En el momento en que sus labios se tocaron, fue como una colisión de almas.
El rostro de Almendra se sonrojó sin control. Por muy fría que fuera su personalidad normalmente, en asuntos del corazón no tenía ninguna experiencia.
El beso de Fabián comenzó siendo suave como el agua, pero poco a poco se volvió apasionado y profundo, como si quisiera verter todo su amor en ese único gesto.
—Jefe.
De repente, justo cuando ambos estaban perdidos en el beso, alguien tocó suavemente la puerta.
Almendra volvió en sí al instante. Puso una mano en el pecho de Fabián para alejarlo y se levantó de la cama.
Fabián se levantó también, con una evidente frustración en la mirada. Se dirigió a la puerta con el rostro serio y la abrió.
—¿Qué pasa?
Claudio vio la cara sombría de su jefe y sintió un nudo en el estómago. Era obvio que había llegado en el peor momento.
—Jefe, vino gente de Los Serpientes. Quieren saber si hay algún avance con el antídoto.
La hostilidad en la mirada de Fabián se intensificó, y su voz se volvió gélida.
—¡Diles que esperen!
—¡Entendido! —respondió Claudio, y se escabulló de inmediato.
«¡Malditos Serpientes, por su culpa me van a matar!», pensó.
Almendra, ya vestida y aseada, salió y le preguntó a un Fabián visiblemente molesto:
—¿Vinieron los de Los Serpientes?
Fabián asintió.
—Sí.
—Iré a ver qué quieren.
Aunque la fórmula del antídoto ya estaba lista, la medicina aún tardaría un poco.
Cicatriz esperaba ansiosamente a que Almendra saliera. Al verla, se acercó con una sonrisa.
Antes de que Almendra pudiera responder, la voz implacable y fría de Fabián resonó en el lugar.
—¿De verdad creen que Los Serpientes tienen tanto poder como para pedir lo que se les antoje?
Si no hubiera sido por la insistencia de Almendra el día anterior, él jamás habría permitido que fuera. ¿Y esta gente todavía se atrevía a pasarse de la raya?
¿Creían que podían llamar a El Santo cuando quisieran? ¿Que podían verlo cuando se les antojara?
Ja.
Al ver a Fabián, Cicatriz encogió los hombros.
—Jeje, es que la señorita es una médica excepcional, y la enfermedad de nuestra señora…
—¡Lárgate! —rugió Fabián.
El grito asustó tanto a Cicatriz que retrocedió tambaleándose, a punto de caer.
—Ya dije que el antídoto estará listo en tres días. Vuelvan y esperen noticias —dijo Almendra, sintiendo también que la visita de Los Serpientes hoy tenía otras intenciones.
Almendra no se equivocaba. El verdadero propósito de la visita de Cicatriz era llevarla a la base de Los Serpientes, porque Álex quería verla. Pero con ese demonio de Fabián presente, hoy era imposible.
—¿Aún no te largas? —El rostro de Fabián estaba crispado por la ira.

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