El rostro de Betina se quedó completamente rígido, y las uñas se le clavaron con fuerza en las palmas de las manos.
A su lado, Liliana también estaba a punto de explotar de rabia. ¿Acaso a toda esta familia se le había ablandado el cerebro? ¿Cómo era posible que todos defendieran a esa mocosa de Almendra? ¡La que había estado cuidándolos y mostrándoles devoción era Betina!
No solo no elogiaban a Betina, sino que además alababan a Almendra, ¡que se la pasaba de vaga fuera de casa! ¡Qué coraje le daba!
—Esta vez los preocupé, pero en mi viaje encontré muchas hierbas medicinales excelentes. Algunas buenas para el corazón, otras para fortalecer el cuerpo y otras para la belleza. Cuando las convierta en píldoras, se las daré.
Al oír esto, el abuelo, Simón y Frida se conmovieron aún más.
—Ay, Alme, ¿cuándo vas a empezar a pensar un poco más en ti? —dijo Frida, con los ojos enrojecidos por la emoción.
Almendra sonrió.
—Yo estoy bien.
—Bueno, bueno, dejemos eso. Lávate las manos y vamos a cenar —dijo Simón, acariciando la cabeza de Almendra con cariño.
Durante la cena, Simón y Frida, sentados a cada lado de Almendra, no dejaban de servirle comida, y la montaña en su plato parecía no disminuir nunca.
Betina comentó con acidez:
—Ojalá yo también supiera de medicina. Así podría ayudar a cuidar la salud de la familia.
Al escucharla, el abuelo dijo de inmediato:
—Cada persona tiene sus propios talentos, Betina. Simplemente sé tú misma.
«Si no fuera por la sopa extra nutritiva de Betina, ¿habría tenido que pasar por el quirófano dos veces?», pensó. La medicina era algo que requería un don. Y Betina, simplemente, no lo tenía.
Liliana, que estaba sirviendo cerca, aprovechó la oportunidad para intervenir.


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