Almendra frunció el ceño de inmediato:
—¿Cómo se le va a abrir la herida así de la nada si estaba bien?
A Martín le dio un vuelco el corazón y empezó a tartamudear.
Fabián se le quedó viendo con una mirada tan fría que parecía decirle que, si decía algo mal, lo degollaba ahí mismo.
—Este… es que el jefe… insistió en ir al baño solo, no dejó que nadie le ayudara. Y cuando salió, al ratito la herida empezó a sangrar.
»De verdad salió mucha sangre, ¿quiere que le mande una foto para que vea?
Para probar que no estaba mintiendo, Martín hasta ofreció evidencia fotográfica.
Almendra alzó una ceja. «¿Será verdad? ¿En serio se le abrió?».
—No hace falta tanto lío. Llama a un médico de inmediato para que lo vende de nuevo, yo paso a verlo más tarde.
Martín titubeó:
—Pero… es que…
—Aunque salga ahorita mismo para La Concordia, tardo una hora en llegar. ¿Piensas quedarte viendo cómo se desangra tu jefe todo ese tiempo?
En ese momento, Almendra ya había entendido qué estaba pasando.
Lo más seguro es que cierto celoso compulsivo estuviera haciendo berrinche.
Si no, ¿cómo se le iba a abrir una herida que ella misma había dejado perfectamente vendada?
Seguro la gente que dejó Fabián le fue con el chisme y se puso histérico.
Martín sintió que Almendra tenía razón y miró a Fabián con cara de súplica. Fabián asintió levemente y Martín soltó un suspiro de alivio, como si le hubieran quitado una losa de encima.
«¡Ay, Diosito, qué difícil es esto!», pensó.
—Está bien, señorita Almendra, entonces la esperamos aquí. Maneje con cuidado.
Fabián no esperaba que Martín fuera tan astuto y le lanzó una mirada de aprobación.
Aunque Almendra sabía que era una treta de Fabián, ya que él se había molestado en usar la táctica de dar lástima, si ella no le seguía el juego, lo haría quedar mal.
—Ajá —asintió ella.
Al colgar, doña Pilar preguntó preocupada:
—¿Fabián se lastimó?
—Sí.
—¿Qué pasó? ¿Es grave?

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