Al ver que Almendra se marchaba sin el menor toque de piedad, Marcelo se quedó tieso, como si le hubiera caído un balde de agua fría.
¿Entonces de verdad, de verdad no le interesaba?
Almendra ya se había perdido de vista hacía rato, pero Marcelo seguía ahí parado, tratando de entender qué demonios había pasado.
En ese momento, le sonó el celular. Era Leo, que llamaba para preguntarle cómo le había ido en la negociación.
Marcelo se sentía más frustrado que nunca. —¿Qué negociación ni que nada? Ni siquiera me dejó presentarme cuando ya me había mandado a volar.
Leo no podía ocultar su asombro. —¿Te mandó a volar a ti, yéndola a buscar personalmente?
—¡Pues sí!
De pronto, Leo sintió cierta admiración por Noa y comentó: —No cabe duda de que es del equipo de Noa; tiene el mismo carácter fuerte que ella.
Marcelo no supo ni qué decir ante semejante comparación. —Me queda claro que ya se te pasaron los años y perdiste el pegue. Si no, Carmen habría dicho al menos una buena palabra por mí.
Leo se quedó mudo.
—¿Hay noticias de la Maestra de la Melodía? —preguntó Marcelo.
Ya que no habían podido cerrar lo de Noa, conseguir que la Maestra de la Melodía compusiera una pieza sería al menos un consuelo.
Sin embargo, Leo respondió con desánimo: —Nadie nos hace caso. Esa gente del piano es muy orgullosa; si no quieren, no hay forma de obligarlos.
—Voy a buscarme otro representante. Bye —sentenció Marcelo.
Y sin más, le colgó.
Miró hacia donde se había ido Almendra y sintió que el día de hoy solo había servido para que le cerraran la puerta en las narices.
Almendra subió al carro con un aire de total indiferencia. En lo único que pensaba era en si ese mentado "rey de la música" no sería un narcisista de primera.
¿Diciendo que ella intentaba llamar su atención a propósito?
«Ay, por favor, que alguien lo mande directo al psiquiátrico».
No había avanzado mucho cuando Carmen le marcó, muy risueña. —Hola, preciosa, ¿qué pasó al final?

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