Los tres hombres, humillados y furiosos, levantaron la vista y se dieron cuenta de que quien manejaba la moto era una mujer. Una mujer que ahora los miraba con diversión desde su vehículo.
—¿Acaso no quieres vivir, mujer? —gruñó uno de los extranjeros, con un español torpe y marcado.
Almendra mantuvo una postura fría.
—Los que no quieren vivir son ustedes, haciendo de tope para mis llantas.
—¡Bájate de esa moto ahora mismo! —ordenó el que parecía ser el líder, un tipo llamado Neil. Le apuntó con el dedo, como si de verdad fuera a matarla si no obedecía.
Almendra bufó.
—Súbanse a sus motos. El que pierda, se arrodilla y me llama «patrona».
—Jefe, ¿y si quiere escapar? —dijo uno de sus secuaces, Tomás, mirando a Almendra con desconfianza.
El otro, William, añadió:
—¡Tiene razón, jefe! ¡Quiere que le abramos paso!
Almendra los miró con desdén.
—¿Tres grandulones como ustedes le tienen miedo a una muchachita? ¿O es que ya se rajaron y no se atreven a competir?
Neil estaba convencido de que sus habilidades en la moto eran muy superiores a las de Almendra. Incluso si intentaba huir, ¿cómo iba a escapar de tres hombres? Las palabras de ella fueron un insulto directo a su orgullo, y la ira nubló su juicio.
—¿Nos estás retando?
Almendra sonrió con frialdad.
—¿No se nota?
Neil también sonrió, recorriéndola con la mirada.
—De acuerdo. Pero vamos a subir la apuesta.
Almendra, sin inmutarse, levantó ligeramente la barbilla.
—¿Cómo?
Neil la miró con lascivia, fijándose en las curvas que se adivinaban bajo su ropa.

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